El Paraíso Terrenal; Causas, naturaleza y

consecuencias del Pecado Original

 

Dijose Yahvé Dios:  «He ahí al hombre hecho como uno de

nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender

su mano al árbol de la vida, y comiendo de él viva para siempre»  Y le

arrojó Yahvé Dios del jardín de Edén, a labrar la tierra de que había sido formado.  Expulsó al hombre y puso delante del jardín de Edén un querubín, que blandía flameante espada para guardar el camino del árbol de la vida.[1]

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

«Había plantado el Señor Dios desde el principio un jardín delicioso, en que colocó al hombre que había formado, y en donde el Señor Dios había hecho nacer de la tierra misma toda suerte de árboles hermosos a la vista, y de frutos suaves al paladar; y también el árbol de la vida en medio del paraíso, y el árbol de la ciencia del bien y del mal»[2]

 

Por medio de esta lectura somos testigos presenciales del inicio de la misión humana en el universo,[3] momento sublime en que el ser más perfecto creado por Dios da principio a sus acciones, y todo comienza en este jardín plantado por Dios mismo.

 

Muchas interrogantes asaltan nuestra mente acerca de este relato, sin embargo, aunque en la actualidad se menosprecia la veracidad de él, tratando de minimizar lo que menciona, diciendo que lo único válido es que Dios crea al hombre, pero que el resto no tiene valor, y se ha tratado de igualar, o peor aún, se ha intentado decir que es una copia de las mitologías babilónicas, sumerias, etc., no debemos olvidar lo mencionado en el Magisterio de la Iglesia.[4]  Así las cosas, debemos admitir también que cuando Dios habla, expresa cosas espirituales a través de cosas materiales, las cuales no necesariamente deben ser tomadas al pie de la letra, como ejemplo baste dar una hojeada al cantar de los cantares, donde a través de la relación de dos amantes, con una clara referencia carnal, Dios expresa sus sentimientos hacia su criatura (el hombre), por lo que trataremos de escudriñar un poco en las palabras del relato del Génesis para ver si podemos adentrarnos en la verdad espiritual revelada en él.

 

Asumimos, en primer lugar, que Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, insuflándole con su aliento el alma espiritual, donde pone su imagen en las tres potencias del hombre:  Voluntad, inteligencia, memoria,[5] y lo deposita en el jardín mencionado anteriormente.  Respecto a este jardín, ¿dónde se encontraba?  ¿Realmente era un lugar privilegiado en nuestro planeta donde todas las condiciones eran aptas para la vida idílica del hombre?  Y en caso de ser así, ¿qué extensión tendría?  Y fuera de sus límites, ¿qué habría?  Tendremos que reflexionar un poco acerca de este lugar, pues de ser tal como se podría interpretar por las palabras del Génesis, el resto del planeta tierra estaría en condiciones inferiores, y en tal caso, ¿dónde se quedaron las palabras de Dios al crear las cosas, Él no dijo haya o brote, etc., para un solo lugar, sino que fue en general.

 

Debido a la escasez de información acerca de él, vamos a iniciar nuestra meditación en forma inversa, donde primero veremos, con detenimiento, algunas consideraciones acerca del «mal», de ahí pasaremos al pecado original, para dejar al final la gran sorpresa que nos depara este método de investigación acerca del paraíso terrenal.

 

El «Mal»

 

La existencia del «mal» en el mundo es demasiado evidente para que necesite comprobación.  Nos interesa sacar a la luz el concepto de «mal» en general, para aclarar su significado y su origen, por lo que no tocaremos las diferentes concepciones de mal, como lo expone Santo Tomás:  Mal absoluto y relativo, mal físico y moral, mal de culpa y mal de pena, etc.

 

La definición común del «mal» es:  «El mal es una privación del bien»  No es una simple carencia de bien o de ser, sino carencia de algo que debiera ser y no es.[6]  La carencia de alguna perfección o de algún grado de ser, solamente es un mal, cuando esta perfección o grado de ser es fundamental para formar parte del concepto perfecto del sujeto de tal carencia.  Esto es lo que entendemos por privación, incluso en el lenguaje vulgar.

 

Aunque la existencia del «mal» sea positiva, como un hecho de que los sujetos carezcan realmente de alguna perfección o entidad que les es debida, el «mal» no es en sí una entidad positiva, sino la carencia de algo debido, o sea la privación de una entidad buena.  Esta privación no se puede entender sino como existente en un sujeto o entidad positiva y, por tanto, como existente en el bien.  Lo que no es bien, tampoco es “ser”, es la nada; y a la nada, nada se debe, nada exige.  No puede darse, por consiguiente, el «mal» absoluto y total sin mezcla de algún bien en el que esté injertado; el «mal» puro o total sería la nada absoluta.  Aristóteles propone que es imposible que el «mal» corrompa totalmente el bien; al hacerlo dejaría de existir también el mismo «mal».  El «mal» es siempre un hueco, un vacío, que no se concibe sin límites o superficie ambiente que le dé realidad o posibilidad de ser.

 

El «mal» no puede tener otra causa que la ausencia del Bien,[7] por lo tanto, forzosamente debe estar radicado en el Bien, pero de ninguna manera se puede decir que la causa del «mal» sea el Bien.  El «mal» no exige ni puede tener directamente causa eficiente, sino causa deficiente, puesto que el «mal» en sí no es “ser”, ni efecto, sino defecto o falta de “ser”, luego Dios, que es indefectible, no puede ser directamente la causa del «mal», ni eficiente ni deficiente.  Del «mal» moral Dios no es causa de ningún modo, puesto que aunque es causa de la libertad defectible, principio del «mal» moral, no ha hecho Dios al hombre libre para que alguna vez peque o falle de hecho, sino para que, no pecando, pudiendo físicamente pecar, tengan mayor mérito y mayor valor las acciones humanas.

 

Resumiendo:  El «mal» no existe por sí mismo, requiere de un bien donde se pueda manifestar como ausencia de dicho Bien.  Así las cosas, si el bien es Dios, cabría preguntarnos:  ¿existe el «mal»?  Hay dos respuestas, que se identifican en su esencia, veamos:

 

La primer respuesta es NO, el «mal» no existe por sí mismo.  Como lo mencionamos anteriormente, su existencia está en función de la ausencia del Bien, al igual que las tinieblas existen en función de la ausencia de la luz, o está una o la otra, pero las dos no pueden coexistir, la luz es la presencia real, las tinieblas se quitan por la presencia de la luz, la cual puede hacer su aparición dentro de las tinieblas, lo que no pueden hacer las tinieblas, éstas no pueden hacer su aparición cuando está la luz, se requiere que la luz sea quitada para que ellas aparezcan.

 

La segunda respuesta sería decir Sí, el «mal» existe, es evidente.  En este caso tendríamos que aceptar una dualidad preexistente, “Bien y mal”, increados, eternos, donde uno tendría unas cualidades y el otro tendría cualidades diferentes, por lo que Dios no sería Dios, pues carecería de las “cualidades o atributos” que tendría el «mal», y podrían coexistir los dos al mismo tiempo, lo cual va en contra de nuestra fe, que nos asegura que sólo Dios es el “Ser” increado, subsistente por Sí mismo.  O si el «mal» existiera, pero no fuera eterno, entonces tendría forzosamente que haber sido creado, ¿por quién?  ¿Por Dios?  Absurdo.  Así que desde nuestro punto de vista católico, es inadmisible esta aseveración, al igual que desde el punto de vista filosófico.

 

El Pecado original

 

El pecado original es un tema difícil por las inmensas implicaciones que ha traído, pero sobre todo por la poca información que al respecto tenemos, pero basándonos en la consideración anterior acerca del «mal», podremos desenmascarar este tema.

 

Para hablar del pecado, necesario es el narrar la formación de Eva, pues ella es parte fundamental de dicho suceso:

 

«Dijo asimismo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo: hagámosle ayuda y compañía semejante a él.  Formado, pues, que hubo de la tierra el Señor Dios todos los animales terrestres, y todas las aves del cielo, los trajo a Adán, para que viese cómo los había de llamar: y en efecto todos los nombres puestos por Adán a los animales vivientes, ésos son sus nombres propios.  Llamó, pues, Adán por sus propios nombres a todos los animales, a todas las aves del cielo, y a todas las bestias de la tierra; mas no se hallaba para Adán ayuda o compañero a él semejante.  Por tanto el Señor Dios hizo caer sobre Adán un profundo sueño; y mientras estaba dormido, le quitó una de las costillas, y llenó de carne aquel vacío.  Y de la costilla aquella que había sacado de Adán, formó el Señor Dios una mujer: la cual puso delante de Adán.  Y dijo o exclamó Adán: Esto es hueso de mis huesos, y carne de mi carne: llamarse ha, pues, hembra, porque del hombre ha sido sacada.  Por cuya causa dejará el hombre a su padre, y a su madre, y estará unido a su mujer: y los dos vendrán a ser una sola carne.  Y ambos, a saber, Adán y su esposa, estaban desnudos, y no sentían por ello rubor ninguno»[8]

 

Dios da este precepto:  “Come, si quieres, del fruto de todos los árboles del paraíso, mas del fruto del árbol de la ciencia del Bien y del «mal» no comas, porque en cualquier día que comieres de él, infaliblemente morirás.[9]

 

En un principio, cuando Adán fue creado y Eva formada, en el centro del paraíso se encontraban plantados dos árboles:  El árbol del conocimiento del Bien y del «mal», y el árbol de la vida.[10]  Comer del árbol de la vida daría la vida para siempre,[11] y comer del árbol del Bien y el «mal» daría la muerte.[12]  No les prohibieron comer del árbol de la vida, es más, debería haber sido obligado el comer de él para no sólo mantener la vida, sino hacerla crecer.  Comer del otro daría irremediablemente la muerte, dos efectos diametralmente opuestos.

 

Intentaremos adentrarnos ahora que ya entendemos qué cosa es el «mal», y qué es el Bien (Dios), en el concepto del “conocimiento”, tanto del Bien como del «mal» (pecado original), que se encuentran simbolizados en el relato del Génesis en forma de un árbol, el cual se encontraba en el centro del paraíso, plantado por Dios mismo.[13]

 

El Bien, es la presencia eficiente, podríamos decir que el Bien se equipara al ser.  El «mal» es una ausencia.  Ahora, si como hemos dicho, el Bien es Dios, es obligado el preguntar, ¿quién puede dar el conocimiento de Dios?  Sólo Dios puede hacerlo, pues nadie conoce a Dios como para poder dar noticia de Él, además de que es necesario recapacitar que no había nadie más en el paraíso, por lo que de manera forzada debemos concluir que le correspondía a Dios el develarse a los ojos de su criatura, ya fuera por Él mismo, o por medio de un enviado (ángel), de otra manera todo habría quedado en un simple anhelo, un deseo, bueno en sí mismo, pero sin ninguna posibilidad de llegar a realizarse; así que era Dios mismo quien daría ese conocimiento.  Lo anterior es muy interesante, pues de no ser así, como lo planteamos, si ese fruto no se debía comer, la consecuencia sería que nunca hubiera existido el conocimiento de Dios, como tampoco del «mal», y si se come de él, por vía indirecta hubiéramos conocido el Bien, como dice el refrán,[14] lo cual sería una blasfemia, pues estaríamos diciendo que para conocer a Dios era necesario conocer el «mal»  Por lo tanto, deberíamos de llamar a ese árbol, árbol del conocimiento del «mal»  ¿Entonces qué, se habrá equivocado el Génesis al poner nombre al árbol?

 

Para esclarecer esto repasemos el cap. 3 del Génesis, en los versículos 7 – 11:  “Luego se les abrieron a ambos los ojos; y como echasen de ver que estaban desnudos, cosieron o se acomodaron unas hojas de higuera, y se tuvieron unos delantales o ceñidores.”

 

Esto es muy curioso, pues claramente se nos menciona que se les abrieron los ojos, o sea, que antes de comer el fruto mencionado no tenían conciencia de lo que era la concupiscencia, no se admiraban o avergonzaban por estar desnudos, pero al mismo tiempo demuestra que todo para ellos era bueno, natural, y ese concepto corresponde al Bien, claro está, sin la contraparte de la experiencia de la ausencia de dicho Bien.  Por lo que la lógica nos lleva a afirmar que ya conocían el Bien, lo vivían, formaba parte de su propia naturaleza.

 

Nuestro Señor nos da la respuesta a esto en el Vol. 20 de Luisa Piccarreta, donde dice lo siguiente:  “…Cómo me fue doloroso el ver repartidos mis vestidos entre mis mismos verdugos y echada a juego mi túnica; era el único objeto que Yo poseía, que me había dado con tanto amor mi Mamá doliente, y ahora no sólo me han despojado de ella, sino que hicieron de ella un juego.  ¿Pero sabes tú qué me traspasó mayormente?  En aquellos vestidos se me hizo presente Adán, vestido con el vestido de la inocencia y cubierto con la túnica indivisible de mi Suprema Voluntad.  La increada Sabiduría al crearlo hizo más que una madre amorosísima, lo vistió más que con una túnica con la Luz interminable de mi Voluntad, vestido no sujeto a descomponerse ni a dividirse ni a consumirse, vestido que debía servir al hombre para conservar la imagen de su Creador, sus dotes recibidas, y que debía volverlo admirable y santo en todas sus cosas, y no sólo esto, sino que lo recubrió con la sobrevestidura de la inocencia.[15]  Y Adán dividió en el edén con sus pasiones los vestidos de la inocencia y se jugó la túnica de mi Voluntad, vestido incomparable y de luz deslumbrante.”

 

La Divina Voluntad era nuestro único vestido, vestido de Luz de Dios junto con todos los atributos que quiso darnos,[16] por eso es que el conocimiento del Bien era gratuito y como formando parte de nuestra misma naturaleza.  Puesta a juego ésta, el hombre queda descubierto, pierde todos los bienes, porque le falta la vestidura que los tenía encerrados en él.

 

Continúa diciendo Jesús:  “…Se equivocan aquellos que dicen que Adán antes de pecar estaba desnudo, falso, falso, si todas las cosas creadas por Nosotros están todas adornadas y vestidas, él, que era nuestro joyel, la finalidad por la cual todas las cosas fueron creadas, ¿no debía tener la más bella vestidura y el más bello atavío entre todas?  Por eso a él le convenía la bella vestidura de la Luz del Sol de nuestra Voluntad, y como poseía esta vestidura de Luz, no tenía necesidad de vestidos materiales para cubrirse.  En cuanto se sustrajo del Fiat Divino se retiró la Luz del alma y del cuerpo y perdió su hermosa vestidura, y no viéndose más circundado de Luz se sintió desnudo, y avergonzándose al verse solamente él desnudo en medio de todas las cosas creadas, sintió la necesidad de cubrirse y se sirvió de las cosas superfluas, de las cosas creadas, para cubrir su desnudez.”

 

Después de esta lectura, podemos fácilmente deducir que el conocimiento del Bien nos era dado por la Divina Voluntad puesta en nosotros como un don sobrenatural, la cual debía servirnos de Vida Divina y de alimento para hacer crecer esta misma Vida.  Al respecto, Jesús dice a Luisa en el Vol. 28:

 

“...Hija mía, la creación del hombre fue el centro donde nuestra Divinidad concentraba todos los bienes que debían surgir en la criatura, poníamos en ella Vida Divina y Voluntad Divina, vida humana y voluntad humana; la vida humana debía servirnos de habitación, y las dos Voluntades fundidas juntas debían hacer vida en común, con sumo acuerdo, más bien la voluntad humana debía tomar de la nuestra para formar sus actos, y la nuestra debía estar en acto continuo de dar de lo suyo para hacer que la voluntad humana quedase modelada y toda uniformada en la Divina Voluntad.  Ahora, no hay vida, tanto humana, espiritual y Divina, que no tenga necesidad de alimento para crecer, para fortalecerse, embellecerse y felicitarse.  Nosotros poníamos nuestra Vida Divina en el hombre porque era incapaz de recibir toda la plenitud de nuestro Ser Divino, pusimos en él cuanto podía contener de nuestra Vida, dándole libertad de hacerla crecer cuanto más pudiera y quisiera, pero nuestra Vida en el hombre, para crecer, tenía necesidad de alimento, he aquí la necesidad de poner en él una Voluntad Divina, nuestra Vida Divina no se habría adaptado a alimentos de voluntad humana. “[17]

 

Dado lo anterior, la voluntad del hombre tenía una opción doble:  adherirse a la Voluntad Divina y continuar disfrutando de los dones sobrenaturales que le habían sido dados, entre los cuales el más fascinante era la “ciencia infusa”, pues gracias a ella podía tener conocimiento de todo lo que Dios quería de él, y además de la Vida Divina y de la Voluntad Divina con las que había sido dotado, y que si no lo hubiera sabido, hubiera sido inútil el tenerlos, pues no hubiera sido consciente de ellos y sería un simple ser más, creado por Dios, el cual hubiera obrado maravillas, sí, pero inconscientemente, y todo el mérito hubiera sido de la Divina Voluntad, sin entrar para nada el hombre.

La segunda opción era No adherirse a esta Voluntad Divina y obrar sin Ella, lo cual lo hace gracias a la libertad conferida por Dios mismo.

 

Concluyendo, ¿qué se necesita para quitar el Bien (Dios) del alma?  Una voluntad libre, la cual es una potencia espiritual capaz de decir NO a Dios.[18]  Recordemos que Dios nos dotó de esta característica que le pertenece a Él, debemos ser libres para ser semejantes a Él, el Ser Supremo que no está sujeto a nada.  Esta libertad la podemos usar en función de nuestra voluntad, lo que nos lleva a entender que lo único que nos puede alejar del Bien es un acto libre de oposición a dicho Bien, o sea, a Dios.

 

Así que el pecado original simbolizado por el comer el fruto, fue el hacer uso de la voluntad humana sin adherirse a la Voluntad Divina.  Dicho pecado trajo como consecuencia la perdida, tanto de los dones preternaturales como de los sobrenaturales que se le habían dado.[19]  Este pecado dañó no sólo a Adán, sino a toda su descendencia por ser él la cabeza de la misión de la familia humana,[20] y fue tan grave, que requirió la venida de Jesús en forma pasible para llevar a cabo la Redención del género humano.[21]  Este perdón se nos otorga, gracias a los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, en el Bautismo, razón por la que se deben bautizar los niños a la brevedad posible.[22]

 

Permítaseme hacer una aclaración sobre un punto muy controvertido en la actualidad.  Se dice que es injusto el que todos los descendientes de Adán hereden el pecado original, pues el recién nacido es inocente y no tiene por qué tener dicho pecado.  En primer lugar veamos la postura de la Iglesia:

 

En el N° 404 del catecismo de la Iglesia Católica se responde a la siguiente pregunta:  ¿Cómo el pecado de Adán vino a ser el pecado de todos sus descendientes?

“Todo el género humano es en Adán «sicut unum corpus unius hominis» («Como el cuerpo único de un único hombre») (278).  Por esta «unidad del género humano», todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la justicia de Cristo.  Sin embargo, la transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente. Pero sabemos por la Revelación que Adán había recibido la santidad y la justicia originales no para él solo sino para toda la naturaleza humana.  Cediendo al tentador, Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído. (279) Es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado «pecado» de manera análoga: es un pecado «contraído», «no cometido», un estado y no un acto.”

 

En el N° 405 dice:  “Aunque propio de cada uno (280), el pecado original no tiene, en ningún descendiente de Adán, un carácter de falta personal. Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada «concupiscencia»).  El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual.”

 

En el 417 dice:  “Adán y Eva transmitieron a su descendencia la naturaleza humana herida por su primer pecado, privada por tanto de la santidad y la justicia originales. Esta privación es llamada «pecado original».”

 

Las consecuencias:  “Dijo entonces el Señor Dios a la serpiente: Por cuanto hiciste esto, maldita tú eres o seas entre todos los animales y bestias de la tierra; andarás arrastrando sobre tu pecho, y tierra comerás todos los días de tu vida.”  Yo pondré enemistades entre ti y la mujer, y entre tu raza y la descendencia suya: ella quebrantará tu cabeza, y andarás acechando a su calcañar.  Dijo asimismo a la mujer: Multiplicaré tus trabajos y miserias en tus preñeces; con dolor parirás los hijos y estarás bajo la potestad o mando de tu marido; y él te dominará.  Y a Adán le dijo: Por cuanto has escuchado la voz de tu mujer, y comido del árbol de que te mandé no comieses, maldita sea la tierra por tu causa; con grandes fatigas sacarás de ella el alimento en todo el discurso de tu vida.  Espinas y abrojos te producirá, y comerás de los frutos que den las hierbas o plantas de la tierra.  Mediante el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a confundirte con la tierra de que fuiste formado; puesto que polvo eres, y a ser polvo tornarás.  Y Adán puso a su mujer el nombre de Eva, esto es, Vida, atento a que había de ser madre de todos los vivientes.  Hizo también el Señor Dios a Adán y a su mujer unas túnicas de pieles, y los vistió, y dijo: Ved ahí a Adán que se ha hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; ahora pues, echémosle de aquí no sea que alargue su mano, y tome también del fruto del árbol de conservar la vida, y coma de él, y viva para siempre.  Y le echó el Señor Dios del paraíso de deleites, para que labrase la tierra, de que fue formado.  Y desterrado Adán, colocó Dios delante del paraíso de delicias un querubín con espada de fuego, que andaba alrededor para guardar el camino que conducía al árbol de la vida.[23]

 

Ahora veamos un poco esta transmisión de acuerdo a nuestro esquema:  Lo primero es reconocer que el hombre, en su naturaleza cuenta con dos componentes, el material y el espiritual, y es en éste último en donde se asienta el alma, la cual consta de las tres potencias, voluntad, inteligencia y memoria.  El pecado lo llevó a cabo la voluntad humana, por lo que la materia sólo concurrió, pero no fue la que lo produjo, por lo tanto la transmisión de dicho pecado queda a expensas del alma.

Para validar este concepto oigamos las palabras que Jesús nos dice en el Vol. 28 de Luisa Piccarreta, el 30 de julio de 1929:  “…Después continuaba mis actos en el Fiat Divino, y habiendo llegado a cuando Él llamó a vida, a la luz del día, a la Soberana Celestial, pensaba entre mí:  “Dios al crear a la Virgen Santísima, no sólo enriqueció su bella alma con tantos privilegios, sino también debió transformar su naturaleza para volverla pura y santa como es.”  Y mi amado Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho:

 

“Hija mía, nada había que agregar a su naturaleza, porque no fue la naturaleza humana la que pecó, sino la voluntad humana, porque la naturaleza humana estaba en su puesto, como salió de nuestras manos creadoras, por eso nos servimos de aquella misma naturaleza de las otras criaturas al crear a la Virgen.  Lo que se contaminó en el hombre fue su voluntad, y como esta naturaleza humana estaba animada, y habitaba en la naturaleza humana esta voluntad rebelde, ella participó y quedó contaminada.  Así que puestas en armonía la Divina Voluntad y la voluntad humana, dándole el dominio, el régimen, como es querido por Nosotros, la naturaleza humana pierde los tristes efectos y queda bella como salió de nuestras manos creadoras.”

 

Habiendo visto esto, tenemos que concluir que el pecado es del alma, no del cuerpo, y Adán no hereda el alma, ésta es creada por Dios en el mismo instante de la concepción del cuerpo, para unirse con él y formar a partir de ahí un solo ser, el cual se volverá a desunir en la hora de la muerte; solamente al final del tiempo volverán a unirse para no separarse jamás.

 

Según lo expuesto arriba, podemos entender que lo que heredamos no es el pecado, sino las consecuencias, o sea lo que Adán no nos pudo heredar por haberlo perdido, pues nadie da lo que no tiene.  Por lo tanto el pecado original no es por herencia, no, sino por NO herencia; no es injusticia el que cada ser humano nazca en «pecado original» que requiere de perdón; más bien deberíamos decir que lo que requiere no es perdón, sino restitución de lo que Adán no nos pudo heredar por haber carecido de ello debido a la ruptura de su voluntad con la Divina Voluntad, y perdidos por ello los dones con que Dios lo había dotado, pero que por ser incapaz su naturaleza humana creada de albergarlos, se requería la Divina Voluntad como depositaria; así que perdida Ésta, perdidos todos los bienes que en Ella estaban, destinados para el hombre, sí, pero él incapaz de albergarlos.  Tan es así, que lo que remite este pecado es el bautismo,[24] el cual reinjerta al hombre en Cristo, o sea adquirimos nuevamente la Vida Divina que Adán no nos pudo heredar.

 

He aquí el punto inicial de las terribles consecuencias del pecado original, pues esta separación de Voluntades es lo que ocasionó que el hombre quedara solamente con los dones que le correspondían a su naturaleza animal, la cual compartía con todos los demás seres creados, aunados a los dones de semejanza:  inteligencia, memoria y voluntad, junto con la característica principal, que es la libertad.

 

El Jardín del Edén

 

Continúa el capítulo 3 del Génesis:  “Y habiendo oído la voz del Señor Dios que se paseaba en el paraíso al tiempo que se levanta el aire después de mediodía, se escondió Adán con su mujer de la vista del Señor Dios en medio de los árboles del paraíso.  Entonces el Señor Dios llamó a Adán, y le dijo:  ¿Dónde estás?  El cual respondió:  He oído tu voz en el paraíso, y he temido y llenándome de vergüenza porque estoy desnudo me he escondido.  Le replicó:  ¿Pues quién te ha hecho advertir que estás desnudo, sino el haber comido del fruto del que yo te había vedado que comieses?”

 

Este relato nos manifiesta claramente la relación íntima de Dios con el hombre; Dios se pasea en el jardín, el hombre lo escucha y sabe quién es, se esconde pues sabe que viene a estar con él, etc., cosas todas que denotan esa familiaridad que existía entre ellos.  De esta manera, Adán sabiéndose desnudo de la vestidura de Luz de Dios, habiendo perdido la “inocencia” (Vida Divina) que se les había dado gratuitamente, se esconde, y aparece por vez primera en este mundo, la voluntad humana obrante en contraposición de la Divina, la cual se ve relegada y puesta a un lado por aquella misma que había sido creada para albergarla y tener el gran honor de ser la receptora de la Vida Divina. 

 

Jesús dice en el Vol 30, el 30 de mayo de 1932:  “...Fue esta la finalidad de la Creación, formar nuestra Vida en la criatura, tener nuestro campo de acción divino en ella, y por eso amamos tanto que haga nuestra Divina Voluntad, para poner a salvo nuestra Vida, no en Nosotros, pues no tenemos necesidad de ninguno, somos más que suficientes a Nosotros mismos, sino en la criatura.  Este era el gran portento que queríamos y queremos hacer en virtud de nuestra Voluntad, formar nuestra Vida en la vida de la criatura.”

 

Una vez aclarado lo anterior, volvamos a nuestro primer Padre Adán.  La prueba que Dios le dio para poderlo confirmar en la posesión de esa Voluntad Divina, fue el abstenerse de comer del árbol del conocimiento del Bien y del «mal», el cual estaba plantado en medio del jardín, o sea, “hacer uso de su voluntad humana”, donde se encontraba injertada la Voluntad Divina.  Así que ya tenemos esclarecido el tipo de árbol, no es solamente el árbol material, real, sino que éste es símbolo del árbol espiritual, del árbol de la voluntad humana, la cual se encontraba injertada con la Divina Voluntad.  Aquí está la mayor desgracia que le ha sucedido al género humano, perder la posesión de esta Voluntad de Dios, la cual lo elevaba a la imagen y semejanza con su Creador.

 

Dice el Génesis:  “Era, la serpiente el animal más astuto de todos cuantos animales había hecho el Señor Dios sobre la tierra. Y dijo a la mujer: ¿Por qué motivo os ha mandado Dios que no comieseis de todos los árboles del paraíso?  A la cual respondió la mujer: Del fruto de los árboles, que hay en el paraíso, sí comemos; mas del fruto de aquel árbol que está en medio del paraíso, nos mandó Dios que no comiésemos, ni le tocásemos siquiera, para que no muramos.  Dijo entonces la serpiente a la mujer: ¡Oh! ciertamente que no moriréis.  Sabe, Dios que en cualquier tiempo que comiereis de él, se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses, conocedores de todo, del bien y del mal.  Vio, pues, la mujer que el fruto de aquel árbol era bueno para comer, y bello a los ojos y de aspecto deleitable, y cogió del fruto y le comió: dio también de él a su marido, el cual comió.  Luego se les abrieron a ambos los ojos; y como echasen de ver que estaban desnudos, cosieron o se acomodaron unas hojas de higuera, y se tuvieron unos delantales o ceñidores.  Y habiendo oído la voz del Señor Dios que se paseaba en el paraíso al tiempo que se levanta el aire después de mediodía, se escondió Adán con su mujer de la vista del Señor Dios en medio de los árboles del paraíso.  Entonces el Señor Dios llamó a Adán, y le dijo: ¿Dónde estás?.  El cual respondió: He oído tu voz en el paraíso, y he temido y llenándome de vergüenza porque estoy desnudo, y así me he escondido.  Le replicó: ¿Pues quién te ha hecho advertir que estás desnudo, sino el haber comido del fruto de que yo te había vedado que comieses?  Respondió Adán: La mujer, que tú me diste por compañera, me ha dado del fruto de aquel árbol, y le he comido.  Y dijo el Señor Dios a la mujer: ¿Por qué has hecho tú esto? La cual respondió: La serpiente me ha engañado, y he comido.”

 

¿Dónde se encontraría dicho árbol?  Por fuerza debía estar dentro del ser humano, en su interior, en la parte espiritual, específicamente en su alma, que es donde están las tres potencias del hombre, Voluntad, inteligencia y memoria.  Por lo que por fin descubrimos el lugar exacto donde se encontraba el paraíso terrenal, ni más ni menos que en el interior del hombre.  Y no sólo era un paraíso para él mismo por la presencia de la Divina Voluntad, sino que era el paraíso de Dios en la tierra.  Estas afirmaciones las vamos a apoyar con palabras de Jesús dichas a Luisa Piccarreta:

 

“...Por eso hija mía, busca vivir en Mí y poseerás el paraíso anticipado.”[25]

 

“...Quien posee la Gracia tiene en sí misma el paraíso, porque la Gracia no es otra cosa que poseerme a Mí mismo, y siendo Yo sólo el objeto encantador que encanta a todo el paraíso y que formo todos los contentos de los bienaventurados, el alma, poseyendo la Gracia, dondequiera que se encuentre posee su paraíso.”[26]

 

“...Además hija mía, la Gracia despoja al alma de todo, y de la humanidad hace un velo para estar cubierta, de modo que roto ese velo se encuentra el paraíso en el alma de quien la posee.”[27]

 

...Esta mañana el bendito Jesús se hacía ver en mi interior en acto de recrearse y aliviarse de tantas amarguras que le dan las criaturas, y ha dicho estas simples palabras:

“Tú eres mi paraíso en la tierra, mi consuelo.”  Y ha desaparecido.[28]

 

“...Luisa, tú eres mi paraíso en la tierra y tu amor me vuelve feliz.”[29]

 

“...Mi Voluntad amada y cumplida, en el alma forma el paraíso, no amada y no cumplida forma el infierno.”[30]

 

“...Hija mía, cuántas cosas esconden estos velos de nuestras cualidades divinas, pero a ninguno es dado el romper estos nuestros velos, sino a quien hace y vive en nuestro Querer, ella sola es la afortunada criatura que no ve a su Dios velado, sino como Él es en Sí mismo.  Pero como no somos reconocidos cuales somos en Nosotros mismos, de nuestro Ser Supremo tienen ideas tan bajas e incluso también torcidas, y esto es porque no teniendo en ellos nuestra Voluntad, no sienten en sí mismos la Vida de Aquél que los ha creado, tocan nuestros velos, pero no lo que hay dentro, y por eso sienten nuestra Potencia como opresiva, nuestra Luz eclipsante como en acto de alejarlos de Nosotros y ponerlos a distancia, sienten nuestra Santidad velada que les da vergüenza, y desconfiados viven inmersos en su pasiones, pero la culpa es toda de ellos, porque existe una sentencia dicha por Nosotros en el paraíso terrestre:  'Aquí no se entra, este es lugar sólo para quien hace y vive en nuestra Voluntad', y por eso las primeras criaturas fueron puestas fuera, poniendo un ángel de guardia a fin de que les impidiera la entrada.  Nuestra Voluntad es paraíso terrestre en la tierra y celestial en el cielo de las criaturas, y se puede decir que un ángel es puesto a guardia de Ella.  Quien no la quiere hacer, y no quiere vivir en sus brazos y hacer vida común en su habitación, sería un intruso si esto hiciera, pero ni siquiera lo puede hacer, porque nuestros velos se hacen tan densos que no encontraría el camino para entrar; y así como un ángel le prohíbe el ingreso, así otro ángel guía y da la mano a quien quiere vivir de nuestra Voluntad.”[31]

 

Como vemos, Jesús va poco a poco, según el avance de Luisa, descubriendo de qué paraíso se trata cuando se habla de la creación del hombre, y es por eso que el reino de su Voluntad en las criaturas es la restitución del hombre a su origen, o sea a poseer en sí mismo su paraíso y el paraíso de Dios en la tierra.

 

¿Qué sacamos de todo lo anterior?  3 conceptos fundamentales, tanto para entender nuestra naturaleza caída, en qué consiste la Redención llevada a cabo por Nuestro Señor Jesús, y para entender qué cosa recibimos con el don de la Divina Voluntad, o sea con el restituirnos al punto de origen, veamos:

 

1.-  El hombre fue creado en la tierra, no importa el lugar, pero el verdadero paraíso terrenal se encontraba en su interior, puesto que en él estaba injertada la Divina Voluntad, la cual le servía para preservarlo de todo «mal» y para hacer crecer la Vida Divina que le había sido dada gratuitamente.  Estaba cubierto con la vestidura de Luz de la Divina Voluntad, la cual lo dotaba de todas las cualidades divinas, en cuanto a criatura es posible.  El árbol del conocimiento del Bien y del «mal» es la voluntad humana, de la cual jamás debía haber hecho uso sin la participación de la Divina Voluntad.

 

2.-  El «mal» no existe por sí mismo, sino que siempre es una ausencia del Bien, por lo que no tiene existencia real, sino dependiente de la ausencia del Bien.  lo único que puede quitar al Bien del interior del hombre es un acto de voluntad humana libre.

 

3.-  El pecado original fue haber quitado el Bien (Dios), y para quitarlo se requirió de un acto de voluntad libre, pues es lo único que puede retirar a Dios de su puesto.  De la misma manera, lo único que puede reinjertar a Dios en nuestro ser es un acto de voluntad libre, y ahora se requiere un acto libre para aceptar nuevamente la sujeción a la Divina Voluntad para ser nuevamente recreados a su imagen y semejanza verdaderas.

APÉNDICE

 

La Redención llevada a cabo por el Verbo Encarnado, por Jesús, nos vino a reinjertar en Él, dejándonos, gracias a su vida, predicación, pasión, muerte y resurrección, todos los remedios posibles para curarnos de la gran herida inflingida a la familia humana por el pecado de Adán; además, en la Eucaristía nos deja su propia Vida para irnos alimentando y hacernos crecer en su semejanza.

 

¿Pero ya conocemos todo lo relacionado a esta gran obra de restitución del hombre a su estado original?  Veamos que nos dice Jesús al respecto:

 

“Aún tengo otras muchas cosas que deciros; mas por ahora no podéis comprenderlas.  Cuando venga el Espíritu de verdad, él os conducirá a toda la verdad, pues no hablará de suyo, sino que dirá todas las cosas que habrá oído, y os anunciará las venideras, É me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.”  Jn 1613-14.

 

Jesús mismo nos da la clave, será el Espíritu Santo el que revelará todo lo que falta, no que falte algo a la Revelación de Dios..., no, pues la gran revelación de Dios es Jesús, por ello no habrá una nueva revelación, pues sería decir que habrá alguien más o algo más que Jesús, lo cual es una herejía; será un conducirnos a la Verdad plena.  ¿Qué es la Verdad?  La Verdad es Jesús (Yo soy el camino, la Verdad y la Vida Jn 14:6).  Conocemos el obrar externo de Jesús, conocemos por algunos destellos el poder de Jesús (milagros), como por gotitas, alguna manifestación de su Divinidad (transfiguración, resurrección), pero ¿qué hacía la Divinidad cuando Jesús hablaba, cuando dormía, cuando trabajaba?  ¿Qué hacía cuando Jesús recibía los azotes, cuando fue clavado en la cruz, etc.?  no lo sabemos.  Esta será la gran revelación del Espíritu Santo, completará el conocimiento que tenemos acerca de la Gran Revelación de Dios a la humanidad..., completará el conocimiento de JESÚS para poder entenderlo, amarlo, hacernos felices con esta contemplación y al mismo tiempo, según dice el Catecismo de la Iglesia Católica

 

N° 521:  Todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en Él y que Él lo viva en nosotros.  “El Hijo de Dios con su Encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre” (GS 22,2).  Estamos llamados a no ser más que una sola cosa con ÉL; nos hace comulgar en cuanto miembros de su Cuerpo en lo que Él vivió en su carne por nosotros y como modelo nuestro:

 

Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y misterios de Jesús, y pedirle que los realice y lleve a plenitud en nosotros y en toda su Iglesia...  Porque el Hijo de Dios tiene el designio de hacer participar y de extender y continuar sus misterios en nosotros y en toda su Iglesia por las gracias que Él quiere comunicarnos y por los efectos que quiere obrar en nosotros gracias a estos misterios.  Y por este medio quiere cumplirlos en nosotros.

 

¿Qué nos dejó todo lo anterior?  Una sola conclusión...:  ¡Renunciar a todo para poder conformarnos en todo a la Divina Voluntad, y dejar que sea Ella la que nos transforme en Jesús...!  Es tanta la complacencia de Jesús por el conformarse a su Voluntad, que da a entender que las almas más unidas a Él y más amadas de su Corazón, son precisamente aquellas que cumplen la Voluntad de Dios, y no tuvo inconveniente en decir:  “Quienquiera que haga la Voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi Madre.”

 

La única oración que Jesús nos deja es el Padre Nuestro, donde curiosamente se pide:

 

Venga tu reino, hágase tu Voluntad como en el Cielo en la tierra.  Esta es la finalidad de toda nuestra existencia, hacer la voluntad de dios como se hace en el cielo.

 

¿Cómo lograrlo?

 

Oigamos algunas palabras de Jesús dichas a la sierva de Dios Luisa Piccarreta:

 

“Hija mía, ¿quieres saber qué cosa recibe el alma cuando vive en mi Voluntad?  Recibe la unión de la Voluntad Suprema con la suya, y en esta unión mi Voluntad asume el trabajo de dar la paridad a la voluntad del alma con Ella; así que mi Voluntad es Santa, es Pura, es Luz, y quiere volver semejante al alma en la Santidad, Pureza y Luz; Y si el trabajo del alma es el de vivir en mi Voluntad, el trabajo de mi Voluntad es dar en modo perfecto mi semejanza a la voluntad del alma.  Por eso te quiero siempre en Ella, para hacer que no sólo te tenga en su compañía, sino que te haga crecer a su semejanza, por eso te doy el alimento de sus conocimientos para hacerte crecer a modo divino con su perfecta semejanza, y es por esto que te quiero junto con Ella dondequiera que Ella obra, a fin de que te pueda dar el acto de su obrar, el valor que contiene el obrar de una Voluntad Divina, y tú puedas recibirlo.”  Noviembre 22, 1925  Vol. 18

 

 

 

Salvador Thomassiny Frías



[1] Gn. 3: 22-24

[2] Gn 2 : 8, 9

[3] cfr. Meditación:  Creación del universo, la vida y el hombre.

[4] Estos libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, íntegros con todas sus partes, tal como se enumeran en el decreto del mismo Concilio, y se contienen en la antigua edición Vulgata latina, han de ser recibidos como sagrados y canónicos. Ahora bien, la Iglesia los tiene por sagrados y canónicos, no porque compuestos por sola industria humana, hayan sido luego aprobados por ella; ni solamente porque contengan la revelación sin error; sino porque escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales han. sido transmitidos a la misma Iglesia [Can. 4]. Dz 1787

Cuando Dios revela estamos obligados a prestarle por la fe plena obediencia de entendimiento y de voluntad. Concilio Vaticano I Dz 1789

[5] Dotamos al hombre de voluntad, inteligencia y memoria; en la primera refulgía mi Padre celestial, el cual, como acto primero comunicaba su Potencia, su Santidad, su altura, por lo cual elevaba a la voluntad humana invistiéndola de su misma Santidad, Potencia y nobleza; era imagen nuestra, cosa nuestra, así que ella nos semejaba, por lo tanto nuestra Vida debía ser la suya y por eso constituía como acto primero su voluntad libre, independiente, como era acto primero la Voluntad de mi Padre celestial.  Después, como acto segundo concurrí Yo, Hijo de Dios, dotando al hombre de inteligencia, comunicándole mi Sabiduría y la ciencia de todas las cosas.  Y después, como acto tercero concurrió el Espíritu Santo, dotándolo de memoria, a fin de que recordándose de tantos beneficios, pudiera estar en continuas corrientes de amor, en continuas relaciones; el amor debía coronarla, abrazarla e informar toda su vida.  Luisa Piccarreta  Vol. 14    8/04/22

[6] No se debe admitir la opinión de Leibniz, según la cual toda carencia de ser o de perfección se debe considerar como un mal metafísico; ni la de algunos teólogos modernos que conciben al mal como un bien menor, pues según eso, todas las cosas creadas serían esencialmente malas

[7] Digo ausencia de bien, no el bien como lo expone Sto. Tomás, lo que daría pie a una mala interpretación, haciendo posible la idea de que el bien origina el mal.

[8] Gn. 2: 18-25

[9] Gn 2: 16-17

[10] Gn 29

[11] Y dijo: Ved ahí a Adán que se ha hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; ahora pues, echémosle de aquí no sea que alargue su mano, y tome también del fruto del árbol de conservar la vida, y coma de él, y viva para siempre. Gn 3: 22

[12] Le dio también este precepto diciendo: Come, si quieres, del fruto de todos los árboles del paraíso;

mas del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, no comas: porque en cualquier día que comieres de él, infaliblemente morirás. Gn 2: 16-17

[13] Gn 29

[14] Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

[15] Importantísimo, pues es la explicación del conocimiento del Bien, y la forma como debíamos conservarnos en ese ambiente Celestial de igualdad con nuestro Creador.

[16] Todos los bienes son encerrados en el hombre en virtud de esta vestidura real de la Divina Voluntad.  Vol. 20  12/12/26

[17] 24/08/30

[18] Luisa Piccarreta, Vol. 33, Marzo 19, 1935  Tú debes saber que la Voluntad Divina y la humana son dos potencias espirituales, la Divina, inmensa, de una Potencia inalcanzable; la humana, pequeña potencia, pero aunque pequeña tiene su potencia, y siendo las dos espirituales, la una se puede verter en la otra y formar una sola vida; toda la potencia está en el querer, y siendo potencia espiritual tiene espacio para poder poner dentro de su voluntad el bien que quiera, y también el mal.  Así que lo que quiere la voluntad eso se encuentra dentro de ella:  Si quiere la propia estima, la gloria, el amor a los placeres, a las riquezas, se encontrará dentro de su querer la vida de la estima propia, de la gloria, la vida de los placeres, de las riquezas, y si quiere el pecado, también el pecado formará su vida.

[19] Si alguno no confiesa que el primer hombre Adán, al transgredir el mandamiento de Dios en el paraíso, perdió inmediatamente la santidad y justicia en que había sido constituido, e incurrió por la ofensa de esta prevaricación en la ira y la indignación de Dios y, por tanto, en la muerte con que Dios antes le había amenazado, y con la muerte en el cautiverio bajo el poder de aquel que tiene el imperio de la muerte [Hebr. 2: 14], es decir, del diablo, y que toda la persona de Adán por aquella ofensa de prevaricación fue mudada en peor, según el cuerpo y el alma [v. 174]: sea anatema.  Dz 788

[20] Si alguno afirma que la prevaricación de Adán le dañó a él solo, y no a su descendencia; que la santidad y justicia recibida de Dios, que él perdió, la perdió para sí solo y no también para nosotros; o que, manchado él por el pecado de desobediencia, sólo transmitió a todo el género humano la muerte y las penas del cuerpo, pero no el pecado que es muerte del alma: sea anatema, pues contradice al Apóstol que dice: Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así a todos los hombres pasó la muerte, por cuanto todos habían pecado [Rom. 5, 12 ¡ v. 175].  Dz 789

[21] Si alguno afirma que este pecado de Adán que es por su origen uno solo y, transmitido a todos por propagación, no por imitación, está como propio en cada uno, se quita por las fuerzas de la naturaleza humana o por otro remedio que por el mérito del solo mediador, Nuestro Señor Jesucristo [v. 171], el cual, hecho para nosotros justicia, santificación y redención [1 Cor. 1, 30], nos reconcilió con el Padre en su sangre; o niega que el mismo mérito de Jesucristo se aplique tanto a los adultos como a los párvulos por el sacramento del bautismo, debidamente conferido en la forma de la Iglesia: sea anatema. Porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que hayamos de salvarnos [Act. 4, 121. De donde aquella voz: He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita. los pecados del mundo [Ioh. 1, 29]. Y la otra: Cuantos fuisteis bautizados en Cristo, os vestisteis de Cristo [Gal. 3, 27].  Dz 790

[22] Si alguno niega que hayan de ser bautizados los niños recién salidos del seno de su madre, aun cuando procedan de padres bautizados, o dice que son bautizados para la remisión de los pecados, pero que de Adán no contraen nada del pecado original que haya necesidad de ser expiado en el lavatorio de la regeneración para conseguir la vida eterna, de donde se sigue que la forma del bautismo para la remisión de los pecados se entiende en ellos no como verdadera, sino como falsa: sea anatema.  Dz 791

[23] Gn. 3: 1-23

[24] Catecismo N° 537 Por el bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección.

N° 683 El Bautismo nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que son portadores del Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, es decir al Hijo; pero el Hijo los presenta al Padre, y el Padre les concede la incorruptibilidad. Por tanto, sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y, sin el Hijo, nadie puede acercarse al Padre porque el conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios se logra por el Espíritu Santo.

 

[25] Vol.  2  10/07/00

[26] Vol.  3, 27/11/99

[27] Vol.  4  30/06/01

[28] Vol.  9   3/11/10

[29] Vol. 10  8/02/11

[30] Vol. 16  23/04/24

[31] Vol. 30  6/12/31