LA EUCARISTÍA DESDE LA PERSPECTIVA

DE LA DIVINA VOLUNTAD

 

 

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Planteamiento

 

 

El sacramento de la Eucaristía ha sido, desde su institución, objeto de toda la atención, veneración y respeto de la Iglesia, pues siempre se ha aceptado que es la persona de Jesús transubstanciada en el pan y en el vino; Jesús mismo en cuerpo, sangre, alma y divinidad, que se encuentra en espera de su criatura para darse a ella, para ser recibido por ella y servirle de alimento para su crecimiento espiritual, y proporcionarle los medios necesarios para su «salvación», y darle los bienes de los que disfrutará en la eternidad, pues si no se es tomado como alimento, no se podrá tener parte con Él en la vida eterna.[1]  Aunado a lo anterior, es el memorial de su sacrificio, y no sólo memorial, sino la perpetuación de él.[2]

 

Por tanto, este Sacramento, al igual que todos los demás, se toma como orientado a la «salvación» del hombre, la cual hemos considerado como la finalidad de nuestra existencia, y la finalidad de la acción de Dios hacia su criatura.  Visto de esta manera, este Sacramento puede ser tomado como la cumbre y el centro de la Iglesia.[3]  Para reafirmar lo anterior, basta leer los documentos emanados de los concilios, encíclicas y congresos Eucarísticos.  Veamos algunas de las declaraciones de la Encíclica Ecclesia de Eucaristía, de S.S. Juan Pablo II, donde se reafirman los conceptos antes vertidos:

 

1.- Del misterio pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el Sacramento por excelencia del misterio pascual, está en el centro de la vida eclesial.

 

2.- Por su íntima relación con el sacrificio del Gólgota, la Eucaristía es sacrificio en sentido propio y no sólo en sentido genérico, como si se tratara del mero ofrecimiento de Cristo a los fieles como alimento espiritual.  En efecto, el don de su amor y de su obediencia hasta el extremo de dar la vida (cf. Jn 10 17-18), es en primer lugar un don a su Padre.  Ciertamente es un don en favor nuestro, más aún, de toda la humanidad (cf. Mt 26 28; Mc 14 24; Lc 22 20; Jn 10 15), pero don ante todo al Padre: «sacrificio que el Padre aceptó, correspondiendo a esta donación total de su Hijo que se hizo “obediente hasta la muerte” (Fl 2 8) con su entrega paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la resurrección»[4]

 

3.- La incorporación a Cristo, que tiene lugar por el Bautismo, se renueva y se consolida continuamente con la participación en el Sacrificio eucarístico, sobre todo cuando ésta es plena mediante la comunión sacramental.  Podemos decir que no solamente cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros.  Él estrecha su amistad con nosotros: «Vosotros sois mis amigos» (Jn 15 14). Más aún, nosotros vivimos gracias a Él: «el que me coma vivirá por mí» (Jn 6 57). En la comunión eucarística se realiza de manera sublime que Cristo y el discípulo «estén» el uno en el otro: «Permaneced en mí, como yo en vosotros» (Jn 15 4)

 

4.- Si la Eucaristía es centro y cumbre de la vida de la Iglesia, también lo es del ministerio sacerdotal.  Por eso, con ánimo agradecido a Jesucristo, nuestro Señor, reitero que la Eucaristía «es la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella»[5]

 

5.- La Eucaristía se manifiesta, pues, como culminación de todos los Sacramentos, en cuanto lleva a perfección la comunión con Dios Padre, mediante la identificación con el Hijo Unigénito, por obra del Espíritu Santo. Un insigne escritor de la tradición bizantina expresó esta verdad con agudeza de fe: en la Eucaristía, «con preferencia respecto a los otros sacramentos, el misterio de la comunión es tan perfecto que conduce a la cúspide de todos los bienes: en ella culmina todo deseo humano, porque aquí llegamos a Dios y Dios se une a nosotros con la unión más perfecta»[6]

 

Como vemos, la idea central es la «salvación» de la familia humana, sin embargo, la consecuencia de recibir dicho Sacramento es la unión de Dios a su criatura, en la manera más perfecta que se podría pensar o imaginar, aunque, siempre desde la perspectiva de la «salvación», que podría ser:  O la unificación de voluntades de San Juan de la Cruz, o la Encarnación Mística de Conchita Cabrera de Armida.[7]  Sin duda alguna es un Sacramento sublime, donde Jesús queda aprisionado en las especies del pan y del vino para darse a cada uno de nosotros, sin importar que se vea expuesto a las ofensas, al desprecio, al desamor, a la indiferencia de las criaturas.[8]

 

Pongamos atención a estas palabras de Jesús, dichas a Luisa Piccarreta, donde manifiesta la finalidad del Sacramento, como también las quejas por su suerte Sacramental:

 

Vol. 15    27/03/23

“...Hija mía, ven entre mis brazos y hasta dentro de mi corazón; me he cubierto de los velos Eucarísticos para no infundir temor, he descendido en el abismo más profundo de las humillaciones en este Sacramento para elevar a la criatura hasta Mí, fundiéndola tanto en Mí, de formar una sola cosa conmigo, y con hacer correr mi sangre sacramental en sus venas constituirme vida de su latido, de su pensamiento y de todo su ser.  Mi Amor me devoraba y quería devorar a la criatura en mis llamas para hacerla renacer como otro Yo, por eso quise esconderme bajo estos velos eucarísticos, y así escondido entrar en ella para formar esta transformación de la criatura en Mí; pero para que suceda esta transformación se necesitaban las disposiciones por parte de las criaturas, y mi Amor llegando al exceso, mientras instituía el Sacramento Eucarístico, así ponía fuera de dentro de mi Divinidad otras gracias, dones, favores, luz para bien del hombre, para volverlo digno de poderme recibir; podría decir que puse fuera tanto bien de sobrepasar los dones de la Creación, quise darle primero las gracias para recibirme, y después darme para darle el verdadero fruto de mi Vida Sacramental.  Pero para preparar con estos dones a las almas, se necesita un poco de vacío de ellas mismas, de odio a la culpa, de deseo de recibirme; estos dones no descienden en la podredumbre, en el fango, por eso sin mis dones no tienen las verdaderas disposiciones para recibirme, y Yo descendiendo en ellas no encuentro el vacío para comunicar mi Vida, estoy como muerto para ellas y ellas muertas para Mí, Yo ardo y ellas no sienten mis llamas, soy Luz y ellas quedan más cegadas.  ¡Ay de Mí! cuántos dolores en mi Vida Sacramental, muchas por falta de disposiciones, no sintiendo nada de bien en el recibirme, llegan a nausearme, y si continúan recibiéndome es para formar mi continuo calvario y su eterna condena; si no es el amor lo que las lleva a recibirme, es una afrenta de más que me hacen, es una culpa de más que agregan a sus almas.  Por eso reza y repara por los tantos abusos y sacrilegios que se hacen al recibirme Sacramentado.”

 

Pero debemos preguntarnos, ¿realmente esta era la finalidad que Dios tenía al decidir salir “ad extra” para obrar?  ¿La «salvación» de la familia humana es el centro de la actividad divina en su “ad extra”?  ¿La Humanidad de Nuestro Señor se la debemos al pecado?[9]

 

 

desarrollo

 

 

Para esclarecer esta incógnita, lo primero será dejar en claro el plan de Dios en la creación.  Esto deberíamos abordarlo con razonamientos teológicos, pero no llegaríamos a ninguna conclusión, como ha pasado con los grandes pilares de nuestra Iglesia, como Sto. Tomás de Aquino, y además sería desviarnos del tema que nos hemos propuesto desarrollar, por lo que únicamente pondremos las palabras de Jesús a Luisa Picarreta en el volumen 25, el 31 de Marzo de 1929, que por sí mismas son esclarecedoras y dejan la firme convicción de la venida de Jesús al mundo como «finalidad de todo el obrar “ad extra” de Dios», y por lo tanto, todos nosotros, creados a imagen y semejanza del Verbo Encarnado, en la mente de Dios, en su finalidad, no requeríamos de «salvación»

 

“...Si Adán no hubiese pecado, el Verbo Eterno, que es la misma Voluntad del Padre Celestial, debía venir a la tierra glorioso, triunfante y dominador, acompañado visiblemente por su ejército angélico, que todos debían ver, y con el esplendor de su gloria debía fascinar a todos y atraer a todos a Sí con su belleza; coronado como rey y con el cetro de mando para ser rey y cabeza de la familia humana, de modo de darle el gran honor de poder decir:  Tenemos un rey hombre y Dios.”

 
“...Por lo tanto Yo debía venir a encontrar al hombre feliz, santo y con la plenitud de los bienes con los cuales lo había creado.  En cambio, porque quiso hacer su voluntad cambió nuestra suerte, y como estaba decretado que Yo debía descender sobre la tierra, y cuando la Divinidad decreta, no hay quien la aparte, sólo cambié modo y aspecto, así que descendí, pero bajo vestidos humildísimos, pobre, sin ningún aparato de gloria, sufriente, llorando y cargado con todas las miserias y penas del hombre.  La voluntad humana me hacía venir a encontrar al hombre infeliz, ciego, sordo y mudo, lleno de todas las miserias, y Yo para sanarlo lo debía tomar sobre de Mí, y para no infundirle espanto debía mostrarme como uno de ellos para hermanarlos, y darles las medicinas y remedios que se necesitaban.”
 
“...Escucha mi pequeña recién nacida de mi Divina Voluntad, si el hombre no hubiese pecado, no se hubiese sustraído de mi Divina Voluntad, Yo habría venido a la tierra, pero ¿sabes como?  Lleno de Majestad, como cuando resucité de la muerte.”

 

Contundente, ¿no es verdad?  Así que ahora debemos tener esta perspectiva:  El plan original de Dios era que Jesús viniera a vivir entre nosotros (sus hermanos), pues todo fue creado por Él, y en atención a Él,[10] y Él debía venir a enseñarnos cómo obrar a lo divino, debía dejarnos sus actos como herencia, para que así cada uno de nosotros los pudiéramos tomar y hacerlos nuestros, para hacer una realidad nuestra imagen y semejanza, y así acceder a la santidad divina que Dios pensó para nosotros desde toda la eternidad,[11] para darle a Dios la gloria, el reconocimiento, pero sobre todo el amor que había determinado que debía recibir de nosotros.  Por lo que la Redención, y la «salvación» como consecuencia, no son finalidad, sino medio para alcanzar dicha finalidad.  Entonces, todo lo que resultó de esta Redención:  La Iglesia, los Sacramentos, incluida la Eucaristía, etc., no pueden ser nuestro centro, no son la parte culminante del amor de Dios, sino que son remedios, medicinas para poder sanar de la herida del pecado original, y poder así encaminarnos nuevamente hacia nuestra meta original:  «Ser imagen y semejanza de Jesús, ser otros Jesús»

 

Teniendo como base la verdadera finalidad de Dios al crearnos, cabe preguntar si la institución de la Eucaristía es solamente con fines de la «salvación», o tiene algún otro fin.  Jesús le dice a Luisa:

 
“...Ahora, habiendo cumplido mi camino acá abajo, partí para el Cielo, y al mismo tiempo quedé aprisionado en cada hostia Sacramental, ¿pero sabes por qué?  Porque mi Amor formándome una dulce prisión me dijo:  «La finalidad por la que descendiste del Cielo a la tierra no está cumplida, el reino de nuestra Voluntad, ¿dónde está?  Ni existe ni es conocido, así que quédate prisionero en cada hostia Sacramental, así no será un solo Jesús como en tu Humanidad, sino tantos Jesús por cuantas hostias consagradas existan; tantas Vidas tuyas harán brecha y furor de amor delante a la Divinidad, y brecha y furor de amor a cada corazón que te recibirá.  Estas Vidas tendrán una palabrita qué decir para hacer conocer nuestro Querer, porque estas Vidas cuando desciendan en los corazones no serán Vidas mudas, sino hablantes, y Tú hablarás en lo íntimo de sus corazones de nuestro Fiat, serás el portador de nuestro reino»
Yo vi justas las pretensiones de mi Amor, y de buena gana me quedé en la tierra para formar el reino de mi Voluntad hasta que sea obra completa.
Mira, si Yo partí para el Cielo y al mismo tiempo me quedé en la tierra, mi Vida esparcida en tantas hostias Sacramentales no será inútil acá abajo, no, sino que formaré con certeza el reino de mi Querer.  Yo no me habría quedado si supiera que no iba a obtener mi intento, mucho más que me cuesta más sacrificio que mi misma Vida mortal:  ¡Cuántas lágrimas secretas, cuántos amargos suspiros en medio a tantas llamas de amor que me devoran!  ¡Ah, quisiera devorar a todos en mi Amor para hacer resurgir a nueva vida a las almas que deben vivir en mi Querer Divino!  Desde el centro de mi Amor saldrá este reino, él quemará los males de la tierra, no pondrá atención a nada, sino solamente se tomará en cuenta a Sí mismo, armará su Omnipotencia, y con tantas victorias suyas vencerá nuestro reino en medio de las criaturas para dárselo a ellas.

…Desde cada tabernáculo mis oraciones son incesantes para que las criaturas conozcan mi Voluntad para hacerla reinar, y todo lo que sufro, lágrimas y suspiros, los envío al Cielo para mover a la Divinidad a conceder una gracia tan grande, y las envío también a cada corazón para moverlos a compasión de mis lágrimas y penas, para hacerlos rendirse y recibir este bien tan grande.”[12]

 
         En estas palabras se define claramente la finalidad real de la Vida Eucarística de Jesús, y es:  la formación del reino de su Voluntad «obrante» en las criaturas, y sólo así es congruente la finalidad de este Sacramento con la finalidad de la Redención, la cual también su fin último fue el formar dicho reino, aunque en un principio debía primero redimir al hombre, salvar las habitaciones para después salvar al que debía habitarlas, o sea, a Dios mismo.  Jesús Eucarístico debía servirnos de guía, de maestro, hablando en nuestro interior acerca de su Querer, de su Fiat, en una palabra, prepararnos para dar nuevamente el reino de su Voluntad obrante en nosotros.  Es necesario decir que no solamente este Sacramento, sino todos los demás, todas las gracias, la misma Iglesia, su finalidad es el reino de la Divina Voluntad obrante en la criatura; la «salvación» es sólo un paso intermedio, pero no la finalidad, además, debemos decirlo, que la misma Vida, Pasión, muerte y resurrección de Jesús llevan esta finalidad primaria, pues para la «salvación» no eran necesarios.  En el volumen 19 Jesús le dice:

 

         “…Hija mía, el primer hombre al pecar perdió una Voluntad Divina y por eso se necesitó mi Humanidad unida al Verbo Eterno, que debía sacrificar en todo y por todo la voluntad humana de mi Humanidad para readquirir esta Voluntad Divina, para darla de nuevo a la criatura.  Así que mi Humanidad no le dio ni siquiera un respiro de vida a su voluntad humana, sino que la tuvo sólo para sacrificarla y para pagar la libertad que se había tomado el hombre de rechazar con tanta ingratitud a esta Voluntad Suprema, y perdiéndola le faltaron todos sus bienes, su felicidad, su dominio, su santidad, todo le quedó malogrado.  Si el hombre hubiera perdido una cosa humana, dada a él por Dios, un ángel, un santo se la habría podido restituir, pero como perdió una Voluntad Divina, se necesitó un Hombre y Dios que la pudiese restituir.  Ahora, si hubiese venido a la tierra solamente para redimirlo, habría bastado una gota de mi sangre, una pequeña pena para ponerlo a salvo, pero como vine no sólo para salvarlo sino para restituirle mi Voluntad perdida, quiso descender esta Divina Voluntad en todas mis penas, en mis lágrimas, en mis suspiros y gemidos, en todo lo que Yo hacía y sufría para readquirir de nuevo el dominio en todos y sobre todos los actos humanos, y así poder formar de nuevo su reino en medio a las criaturas.”

         El fruto y la finalidad de la Eucaristía, a un nivel inicial, lo veremos en algunos capítulos de Luisa:

 

Vol. 8  Enero 8, 1909

         “…Para estrecharte más íntimamente conmigo hasta llegar a perder tu ser en Mí, así como Yo me transfundo en el tuyo, debes en todo tomar lo que es mío y en todo dejar lo que es tuyo; de modo que si tú piensas siempre en cosas santas y que se refieren solamente al bien, al honor y a la gloria de Dios, dejas tu mente y tomas la divina; si hablas, si obras bien y sólo por amor de Dios, dejas tu boca, tus manos y tomas mi boca y mis manos; si caminas los caminos santos y rectos, caminarás con mis mismos pies; si tu corazón me ama sólo a Mí, dejarás tu corazón y tomarás el mío y me amarás con mi mismo amor; y así de todo lo demás.  Así que tú quedarás revestida de todas mis cosas, y Yo de todas las cosas tuyas.  ¿Puede haber una unión más estrecha que ésta?  Si el alma llega a no reconocerse más a sí misma, sino al Ser Divino en ella, estos son los frutos de las buenas comuniones, y ésta es la finalidad divina al quererse dar en comunión a las almas, pero cuánto queda frustrado mi Amor, y qué pocos frutos recogen las almas de este Sacramento, hasta quedar la mayor parte indiferentes y aun nauseados de este alimento divino.”[13]

 

         Esta debería de ser toda nuestra intención al recibirlo, irnos estrechando más a Él, para que así, poco a poco, fuera uniformándonos a sus modos y habituándonos a su manera de actuar, para poder decir al igual que San Pablo:  No soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí.[14]

 

         Este alimento que Jesús nos deja, era el mismo que debería de haber comido el hombre en el paraíso terrenal (árbol de la vida), y el mismo que comerán todos los bienaventurados en el Cielo.[15]  Existen sólo 2 diferencias, la primera es la forma en que Jesús tiene que quedarse, pues en este Sacramento se queda a perpetuar su Vida, Pasión, muerte y resurrección, para seguir aplicándolos a todos sus hermanos enfermos, mientras que en el árbol de la vida es en forma gloriosa y con todo poder y majestad; la segunda es que en el Sacramento lo recibimos como medicina, y su efecto está sujeto a nuestras disposiciones, no a su amor, majestad y poder, existiendo la posibilidad, inclusive, de que nos sirva de condenación.

 

         Aquí tenemos, forzosamente, que preguntarnos:  ¿Si este Sacramento es el punto culminante de toda la acción de la Iglesia, y por lo tanto de todos nosotros, ¿por qué la presencia real de Nuestro Señor dura tan solo mientras duran las especies sacramentales, dejando posteriormente a su consumación solamente la vida de la gracia, que son tan solo los efectos de la Vida Divina en las almas que están en gracia?  ¿No debería quedarse en forma continua para realizar su finalidad?  Y, ¿no sería éste el mejor premio a la entrega total de la criatura a su Dios?  Estas preguntas, y muchas más que podríamos formular, quedarán contestadas a través de la presente meditación.

 

REDENCIÓN

 
         Siempre se enseñó que la venida de Jesús a la tierra fue originada por el pecado de Adán.  Esto tiene gravísimas consecuencias, aunque el doctor angélico, Sto. Tomás de Aquino no le dé importancia, diciendo que lo mismo da si vino por el pecado o si iba a venir aunque no hubiera pecado.  Veamos:
 
         1.-  Si Dios cambia de plan en su creación, y es necesario que ahora Él tenga que asumir una humanidad para venir a redimir al hombre, aunque sea por amor, forzosamente tenemos que decir que el pecado cambió a Dios todo su obrar y sus decisiones que había tomado desde “ab eterno”, aunado a que entonces Dios tuvo que realizar un «segundo» acto, cosa que desdice en forma total uno de los atributos más esenciales de Dios, el ser acto puro,[16] o sea que en Él no hay potencia y acto, sino que es acto puro, sin mezcla de potencia.  Dios solamente tiene un acto, no más.
 
         2.- Si aceptamos lo anterior, tendremos que enfrentarnos a una realidad poco común:  Dios no supedita sus obras a Él mismo, sino que la creación la supedita al hombre, y a éste, que es su obra maestra, tampoco lo supedita a Él, sino que es Él quien se supedita al hombre, pues es Él quien tiene que salvarlo; por amor, sí, pero sin que Él obtenga nada, pues nos dicen claramente que el hombre no aumenta en nada la Gloria de Dios, así que el único beneficiado sería el hombre.  Tremenda aseveración, que no hemos meditado detenidamente, y por eso es que nos queda tan lejano el Dios Bíblico, y difícilmente podremos entender el sufrimiento de Jesús (Segunda persona de la Santísima Trinidad unida hipostáticamente a su Humanidad) donde es la misma Divinidad la que se compromete a servir de reparador y de suplidor.
 
            3.- Dónde quedan las palabras aquellas de:  “Todo fue creado por Él, para Él...”  Aceptar la teoría tradicional querría decir que toda la creación fue realizada para el pequeñísimo hombre, aunque nunca podría tomar posesión de ella en su totalidad;[17] y sería tanto como decir que Dios ha hecho cosas inútiles, inútiles para el hombre, e inútiles para Él, pero por supuesto que no es así, toda la creación fue creada para el «hombre» pero para el «Hombre-Dios» Para Él fueron creadas todas las cosas, incluso los hombres.  Dios no cambió de plan, simplemente de modos, aunque estos también, debido a la Omnipresencia, Omnividencia y Omnisapiencia de Dios ya estaban previstos.
 
         En esta etapa de nuestra historia (Redención), todo lo que Jesús nos deja para nuestro crecimiento tiene muchos obstáculos, y la Eucaristía no es la excepción, el 27 de noviembre de 1917, Jesús le dice a Luisa:

 

         “…Hija mía, te recomiendo que no salgas de dentro de mi Voluntad, porque mi Voluntad contiene tal potencia, que es un nuevo bautismo para el alma, es más, más que el mismo bautismo, porque en los Sacramentos hay parte de mi Gracia, en cambio en mi Voluntad está toda la plenitud; en el bautismo se quita la mancha del pecado original pero quedan las pasiones, las debilidades; en mi Voluntad, destruyendo el alma el propio querer, destruye las pasiones, las debilidades y todo lo que es humano, y vive de las virtudes, de la fortaleza y de todas las cualidades divinas.”
 
         Yo al oír esto decía entre mí:  “Dentro de poco dirá que su Voluntad es más que la misma comunión.”  Y Él ha agregado:
 
         “Cierto, cierto, porque la comunión sacramental dura pocos minutos; mi Voluntad es comunión perenne, más bien es eterna, que se eterniza en el Cielo.  La comunión sacramental está sujeta a obstáculos por enfermedades, por necesidades, o por parte de quien la debe administrar, mientras que la comunión de mi Voluntad no está sujeta a ningún estorbo, sólo conque el alma la quiera y todo está hecho, ninguno puede impedirle un bien tan grande, que forma la felicidad de la tierra y del Cielo:  ni los demonios, ni las criaturas, ni mi misma Omnipotencia; el alma es libre, nadie tiene derecho sobre ella en este punto de mi Voluntad.  Por eso Yo la insinúo, quiero tanto que la tomen mis criaturas, es la cosa que más me importa, que más me interesa; todas las otras cosas no me interesan, ni aun las cosas más santas, y cuando obtengo que el alma viva de mi Voluntad me siento triunfante, porque encierra el mayor bien que puede haber en el Cielo y en la tierra.”

 

         “...Además, las iglesias son pocas, muchas serán destruidas; muchas veces no encuentro sacerdotes que me consagren, otras veces permiten que almas indignas me reciban y que almas dignas no me reciban, otras veces las almas no pueden recibirme, así que mi Amor se encuentra obstaculizado, por eso quiero hacer la santidad del vivir en mi Querer, en ella no tendré necesidad de sacerdotes para consagrarme, ni de iglesias, ni de tabernáculos y hostias, sino que estas almas serán todo junto:  Sacerdotes, iglesias, tabernáculos y hostias.  Mi Amor estará más libre, cada vez que quiera consagrarme lo podré hacer, a cada momento, de día, de noche, en cualquier lugar donde esas almas se encuentren, ¡oh, cómo mi Amor tendrá su desahogo completo!  ¡Ah, hija mía, la presente generación merece ser destruida del todo, y si permitiré que algo poco quede de ella, es para formar estos soles de la santidad del vivir en mi Querer, que a ejemplo mío me reharán de todo lo que me debían las otras criaturas, pasadas, presentes y futuras.  Entonces la tierra me dará verdadera gloria y mi Fiat Voluntas Tua como en el Cielo así en la tierra, tendrá su cumplimiento y conclusión.”
 
         Vuelve otra vez a mostrarse esa debilidad de los Sacramentos, y sobre todo, la insatisfacción de Jesús por lo que recibe, y cómo añora la época de la restitución de la Divina Voluntad en la criatura, para que sea Él el que reciba la gloria que decretó desde toda la eternidad recibir.
 
         Para rebatir el argumento de que la Eucaristía es el centro, Jesús mismo se pone en contra de dicha aseveración:
 
         “...Habiendo dicho al confesor que Jesús me había dicho que la Voluntad de Dios es el centro del alma, y que este centro está en el fondo del alma, que como sol expandiendo sus rayos da luz a la mente, santidad a las acciones, fuerza a los pasos, vida al corazón, potencia a la palabra, a todo; y no sólo esto, sino que este centro de la Voluntad de Dios, mientras nos está dentro para hacer que nunca la podamos dejar y para estar a nuestra continua disposición y ni siquiera un minuto dejarnos solos ni separados, nos está al frente, a la derecha, a la izquierda, por detrás y por doquier, y aun en el Cielo será nuestro centro, el confesor decía, en cambio, que nuestro centro es el Santísimo Sacramento.  Entonces, al venir, el bendito Jesús me ha dicho:
 
         “…Hija mía, Yo debía hacer de modo que la santidad debía ser fácil y accesible a todos, excepto para quien no la quisiera, y en todas las condiciones, en todas las circunstancias y en todos los lugares.  Es verdad que el Santísimo Sacramento es centro, pero, ¿quién lo instituyó?  ¿Quién sojuzgó a mi Humanidad a encerrarse en el breve giro de una hostia?  ¿No fue mi Voluntad?  Por lo tanto mi Voluntad tiene siempre la supremacía sobre todo; y además, si el todo está en la Eucaristía, los sacerdotes que me llaman del Cielo en sus manos y que están más que todos en contacto con mi carne Sacramental deberían ser los más santos, los más buenos, y en cambio muchos son los más malos.  ¡Pobre de Mí, cómo me tratan en el Santísimo Sacramento!  Y tantas almas devotas que me reciben, tal vez todos los días, deberían ser otras tantas santas si bastara el centro de la Eucaristía, y en cambio, cosa de llorar, están siempre en el mismo punto:  Vanidosas, iracundas, escrupulosas, etc., ¡pobre centro del Santísimo Sacramento, cómo quedo deshonrado!  En cambio una madre de familia que hace mi Voluntad y que por sus condiciones, no que no quiera, no puede recibirme todos los días, se ve paciente, caritativa, lleva en sí el perfume de mis virtudes Eucarísticas; ¡ah!, ¿es acaso el Sacramento, o mi Voluntad, a la que ella se ha sometido la que la tiene sojuzgada y que suple al Santísimo Sacramento?  Es más, te digo que los mismos Sacramentos producen sus frutos según las almas están sujetas a mi Voluntad, y según la conexión que tienen con mi Querer así producen sus efectos.  Y si conexión con mi Querer no hay, me comulgarán pero quedarán en ayunas, se confesarán pero quedarán siempre sucias, vendrán a mi presencia Sacramental, pero si nuestros quereres no se identifican estaré para ellas como muerto, porque sólo mi Voluntad en el alma que se hace sojuzgar por Ella produce todos los bienes y da vida a los mismos Sacramentos; y quien esto no comprende, significa que es niño en la religión.”
 
         Suficiente este argumento para que quede claro que, aunque la Vida de Jesús es de la que nos debemos alimentar, la Vida Eucarística no es el medio para abastecernos de Ella, pues ahí solamente dura unos cuantos minutos y sólo nos deja sus efectos (Gracia).  Su finalidad es conducirnos hacia la Divina Voluntad, para hacer vida en Ella, y esto es lo más importante, pues iremos uniéndonos a Jesús para que Él nos indique el modo y el medio para vivir con Él «inseparablemente», y formar después nuestra Vida en la Divina Voluntad, donde cada uno de nuestros actos serán como hostias vivas donde Él se pueda consagrar, y no estén sujetas a consumarse las especies.

SANTIFICACIÓN

 
         Ahora, bajo esta nueva perspectiva, debemos reconsiderar nuestra posición hacia este Sacramento, y ver en Él un medio no sólo para la «salvación», sino para la santificación, y sobre todo, que una vez alcanzado este fin, el Sacramento debemos tomarlo para dar a Jesús el fruto completo de haberse quedado en la hostia.  Para algunos parecerá extraño lo que se ha mencionado acerca de la Vida de Jesús que dura tan sólo unos minutos, y que después se va al consumirse las especies, dejando tan solo los efectos de esta Vida; de igual manera lo de darle a Jesús el fruto completo de su Vida Sacramental; y el que para nosotros es menos importante el Sacramento que su Voluntad.  Dejemos que sea el mismo Jesús el que nos conduzca nuevamente a estas realidades:
 
Noviembre 5, 1923
         …Ahora, mientras desahogaba mi dolor con Jesús, se ha hecho ver en mi interior, y los velos sacramentales formaban como un espejo, en el cual Jesús estaba dentro, vivo y verdadero; y mi dulce Jesús me ha dicho:
 
         “…Hija mía, este espejo son los accidentes del pan que me tienen aprisionado en ellos.  Yo formo mi Vida en la hostia, pero ella nada me da, ni un afecto, ni un latido, ni el más pequeño “te amo”, ella está como muerta para Mí, permanezco solo, sin la sombra de alguna correspondencia, y por eso mi Amor está casi impaciente por salir, por romper este espejo y bajar a los corazones para encontrar en ellos la correspondencia que la hostia ni sabe ni puede darme.  ¿Pero sabes tú dónde encuentro mi verdadera correspondencia?  En el alma que vive en mi Voluntad; Yo, en cuanto desciendo en su corazón, pronto consumo los accidentes de la hostia, porque sé que accidentes más nobles y a Mí más queridos están listos para aprisionarme, para no hacerme salir de aquél corazón que me dará no sólo vida en él, sino vida por vida; no estaré solo, sino que estaré con mi más fiel compañía, seremos dos corazones palpitando juntos, amaremos unidos, nuestros deseos serán uno solo, así que Yo permanezco en ella, y en ella hago vida vivo y verdadero, como la hago en el Santísimo Sacramento.  ¿Pero sabes tú cuáles son estos accidentes que encuentro en el alma que hace mi Voluntad?  Son sus actos hechos en mi Querer, que más que accidentes se extienden en torno a Mí y me aprisionan, pero dentro de una prisión noble, divina, no obscura, porque sus actos hechos en mi Querer, más que sol la iluminan y la calientan.  ¡Oh! cómo me siento feliz de hacer Vida real en ella, porque me siento como si me encontrara en mi morada celestial.  Mírame en tu corazón, ¡cómo estoy contento, cómo me deleito y siento las alegrías más puras!”
 
         Y yo:  “Mi amado Jesús, ¿no es una cosa nueva y singular lo que Tú dices, que en quien vive en tu Voluntad Tú haces Vida real en él?  ¿No es más bien esa vida mística que Tú haces en los corazones que poseen tu Gracia?”
 
         Y Jesús:  “No, no, no es Vida mística, como para aquellos que poseen mi Gracia pero no viven con sus actos fundidos en mi Querer, y por eso no tienen materia suficiente para formarme los accidentes para aprisionarme; sería como si faltara la hostia al sacerdote y quisiera pronunciar las palabras de la consagración, las podría decir, pero las diría en el vacío y ciertamente mi Vida sacramental no tendría existencia; así me encuentro en los corazones, que mientras pueden poseer mi Gracia, pero no viven del todo en mi Querer, estoy en ellos por gracia, pero no realmente.”
 
         Y yo:  “Amor mío, ¿cómo puede ser que Tú puedas vivir realmente en el alma que vive en tu Querer?”
 
         Y Jesús:  “Hija mía, ¿no vivo acaso en la hostia sacramental vivo y verdadero, en alma, cuerpo, sangre y Divinidad?  ¿Y por qué vivo en la hostia en alma, cuerpo, sangre y Divinidad?  Porque no hay una voluntad que se oponga a la mía; si Yo encontrara en la hostia una voluntad que se opusiera a la mía Yo no haría en ella ni Vida real, ni perenne, y es también ésta la causa por la cual los accidentes sacramentales se consuman cuando las criaturas me reciben, porque no encuentro una voluntad humana unida Conmigo, de manera que quieran perder la suya para hacer adquisición de la mía, sino que encuentro una voluntad que quiere obrar, que quiere hacer por sí misma, y Yo hago mi breve visita y parto.  En cambio, para quien vive en mi Voluntad, mi Querer y el suyo son uno solo; y si lo hago en la hostia, mucho más lo puedo hacer en ella, mucho más, pues encuentro un latido, un afecto, mi correspondencia y mi utilidad, lo que no encuentro en la hostia; al alma que vive en mi Voluntad le es necesaria mi Vida real en ella, de otra manera, ¿cómo podría vivir de mi Querer?  ¡Ah! tú no quieres entenderlo, que la santidad del vivir en mi Querer es una santidad del todo diferente de todas las demás santidades, y quitadas las cruces, las mortificaciones y los actos necesarios de la vida, que hechos en mi Voluntad la embellecen de más, no es otra cosa que la vida de los bienaventurados del Cielo, que como viven en mi Querer, en virtud de Él cada uno me tiene en ellos como si fuera para uno solo, vivo y verdadero, no místicamente, sino realmente habitante en ellos; y así como no se podría decir vida de Cielo si no me tuvieran en ellos como vida propia, y si faltara aun una pequeña partecita de mi Vida en ellos no sería ni completa ni perfecta su felicidad, así quien vive en mi Querer no sería ni plena ni perfecta mi Voluntad en ella, porque faltaría mi Vida real que emite esta Voluntad.  Es verdad que son todos prodigios de mi Amor, es más, el prodigio de los prodigios, que hasta ahora mi Querer ha retenido en Él y que ahora quiere hacerlo salir para alcanzar la finalidad primaria de la creación del hombre.  Por esto mi primera Vida real la quiero formar en ti.”
 
         Y yo, al oír esto he dicho:  “¡Ay! Amor mío, Jesús, a pesar de todo esto me siento tan mal por todas estas circunstancias, y Tú lo sabes; es verdad que esto me sirve para abandonarme más en tus brazos y pedirte a Ti lo que no me dan, pero con todo y esto me siento un hálito de turbación que turba la paz de mi alma, ¿y Tú dices que quieres formar Vida real en mí?  ¡Oh, cuán lejana estoy de eso!”
 
         Y Jesús de nuevo:  “Hija, no te preocupes de eso; lo que quiero es que tú no pongas nada de lo tuyo y que obedezcas por cuanto puedas.  Se sabe que todas las demás santidades, esto es, la de la obediencia y de las otras virtudes no están exentas de pequeñeces, de turbaciones, de contiendas y de pérdida de tiempo, que impiden formar un hermoso sol; a lo más forman una pequeña estrella; sólo la santidad de mi Querer es la que está exenta de estas miserias.  Y además, mi Voluntad encierra todos los Sacramentos y los efectos de ellos; por eso abandónate del todo en mi Voluntad, hazla toda tuya y recibirás los efectos de la absolución o de alguna otra cosa que te fuera negada.  Por eso te recomiendo que no pierdas tiempo, pues con perderlo vienes a obstaculizar mi Vida real que estoy formando en ti.”
 
Y estas otras:
         “Hija mía, los Sacramentos salieron de mi Voluntad como tantas fuentecitas, las saqué fuera de Ella, reservándose en Ella el manantial del cual recibe continuamente cada fuente los bienes y los frutos que cada una contiene y actúan según las disposiciones de quien los recibe, así que por falta de disposiciones de parte de las criaturas las fuentes de los Sacramentos no producen los grandes bienes que contienen.  Muchas veces arrojan agua y las criaturas no quedan lavadas, otras veces consagran imprimiendo un carácter divino e incancelable, pero a pesar de todo esto no se ven santificadas.  Otra fuente da a luz la Vida de tu Jesús continuamente, reciben esta Vida, pero no se ven ni los efectos, ni la Vida de tu Jesús en ellos.  Por eso cada Sacramento tiene su dolor, porque no ven en todas las criaturas sus frutos y los bienes que contienen.
 
         Ahora, quien vive en mi Voluntad haciéndola reinar como en su propio reino, poseyendo Ella la fuente de los Sacramentos, ¿qué maravilla que quien viva en mi Querer Divino poseerá la fuente de todos los Sacramentos y sentirá en sí la naturaleza de los Sacramentos con todos los efectos y bienes que contienen?  Y recibiéndolos de la Iglesia sentirá que es alimento que ella posee, pero que lo toma para darle aquella gloria completa a aquellos Sacramentos de los cuales ella posee la fuente, para glorificar aquella misma Voluntad Divina que los instituyó, porque sólo en ella se dará la perfecta gloria a todas nuestras obras.  Por eso suspiro tanto el reino del Fiat Supremo, porque sólo él pondrá el equilibrio a todo, dará a las criaturas todos los bienes que quiere y recibirá la gloria que ellas le deben.”
 
Agosto 21, 1938
         “...Hija mía, para Nosotros todo es fácil, con tal que encontremos que la voluntad humana se presta a vivir en la nuestra, nos deleitamos formando aun en el movimiento, en el respiro, en el paso, Vidas nuestras que se mueven, que respiran, que caminan, que hablan.  La voluntad humana nos presta como tantos velos en los cuales podemos formar tantas Vidas nuestras, éste es el último desahogo de nuestro Amor, y nos agrada tanto, que con tal de que la voluntad humana nos preste su pequeño velo, Nosotros poblamos todos sus actos con la multiplicidad de nuestras Vidas Divinas.  Ahí está mi Vida Eucarística que da prueba y confirmación de lo que te digo, ¿no son tal vez pequeños velos los accidentes del pan en el cual quedo consagrado, vivo y verdadero en alma, cuerpo, sangre y Divinidad?  Y si hay mil hostias, mil Vidas mías formo, una para cada hostia, y si hay una sola hostia, formo una sola Vida mía.  Y además, ¿qué cosa me da la hostia?  Nada, no un “te amo”, ni un respiro, ni un latido, ni un paso de compañía; estoy solo, y muchas veces la soledad me oprime, me amarga y estallo en llanto.  Cómo me pesa el no tener a quién decirle una palabra, estoy bajo la opresión de un silencio profundo.  ¿Qué cosa me da la hostia?  El escondite para esconderme, la pequeñita prisión para volverme, estaría por decir, para volverme infeliz, pero como es mi Voluntad la que quiere que Yo quede Sacramentado en cada hostia, Ella, que jamás es portadora de infelicidad, ni a Nosotros ni a las criaturas que viven en Ella, hace correr en mi Vida Sacramental nuestras alegrías celestiales, que son inseparables de Nosotros, pero esto es siempre por parte nuestra, la hostia no me da jamás nada, no me defiende ni me ama.  Ahora, si esto hago, o sea formar tantas Vidas mías en la hostia que nada me da, mucho más en quien vive en mi Voluntad.  La diferencia entre mis Vidas Sacramentales y las tantas Vidas mías que formo en quien vive en mi Querer es incalculable, hay más distancia que la que existe entre el Cielo y la tierra.  Primero porque no estamos jamás solos, y tener compañía es la más grande alegría, que hace felices a la Vida Divina y a la humana.  Ahora, tú debes saber que cuando formo mi Vida en el pensamiento de la criatura que vive en mi Querer, siento la compañía de la inteligencia humana que me corteja, me ama, me comprende, y me da su memoria, la inteligencia, la voluntad en mi poder, y como en estas tres potencias fue creada nuestra imagen, me siento dar por compañía a nuestra eterna memoria, que no olvida jamás nada, siento la compañía de mi sabiduría que me comprende, y además la compañía de la voluntad humana fundida con la mía, que me ama con eterno amor.  Cómo no multiplicar en cada pensamiento suyo otras tantas Vidas nuestras; cuando encontramos que más nos comprende y nos ama, podemos decir:  ‘Encontramos nuestra ganancia.’  Porque por cuanta más Vida formamos, tanto más nos hacemos comprender, le damos duplicado Amor y nos ama de más.  Si formamos nuestra Vida en la palabra, encontramos la compañía de la suya, y como nuestro Fiat es suyo, encontramos todos los prodigios que ha obrado cuando nuestro Fiat se ha pronunciado.  Si la formamos en su respiro, encontramos su respiro que respira junto, y es la compañía de nuestro aliento omnipotente cuando al crearla le infundimos la vida.  Si la formamos en su movimiento, encontramos sus manos que nos abrazan, nos estrechan fuerte, porque no nos quieren dejar más; si la formamos en los pasos, nos siguen por doquier.  Qué bella compañía; quien vive en nuestra Voluntad no hay peligro de que nos deje jamás solos, ambos somos inseparables.  Por eso el vivir en nuestro Querer es el prodigio de los prodigios, donde hacemos desahogo de nuestras tantas Vidas Divinas, hacemos conocer quienes somos, lo que podemos hacer, y ponemos a la criatura en orden con Nosotros, tal como la creamos, porque tú debes saber que estas nuestras Vidas llevan consigo mares de Luz, de Amor, mares de Sabiduría, de Belleza, de Bondad, que invisten a la criatura para hacerla poseer la Luz que siempre crece, que jamás se apaga, la Sabiduría que siempre comprende, la Belleza que siempre se embellece de más. 

 

         También debemos mencionar que la criatura tendrá el fruto completo no sólo de la Eucaristía, sino de todos los Sacramentos cuando viva en la Divina Voluntad:

 

Mayo 2, 1923

         “…Padre, si no es dado este pan de tu Voluntad no podré jamás recibir todos los frutos de mi Vida Sacramental, que es el segundo pan que todos los días te pedimos; ¡oh! cómo se encuentra mal mi Vida Sacramental porque el pan de tu Voluntad no los alimenta, es más, encuentra el pan corrupto de la voluntad humana, ¡oh! cómo me da asco, cómo lo rehuyo, y si bien voy a ellos, pero los frutos, los bienes, los efectos, la santidad, no puedo darlos, porque no encuentro nuestro pan, y si alguna cosa doy es en pequeña proporción, según sus disposiciones, pero no todos los bienes que contengo, y mi Vida Sacramental espera pacientemente que el hombre tome el pan de la Voluntad Suprema para poder dar todo el bien de mi Vida Sacramental.  Ve entonces cómo el Sacramento de la Eucaristía, y no sólo éste, sino todos los Sacramentos dejados a mi Iglesia e instituidos por Mí, darán todos los frutos que contienen y tendrán pleno cumplimiento cuando el pan nuestro, esto es, la Voluntad de Dios, se haga como en el Cielo así en la tierra.

 

         Ahora, teniendo este panorama, debemos entender que al acercarnos al Sacramento, lo único que nos debe importar es el que éste nos conduzca hacia la vida en la Divina Voluntad.  Y cuando la criatura ya vive en Ella, el acercarse al Sacramento de la Eucaristía debe ser como gozo, alegría y alimento a la Vida Divina que esta Voluntad está formando en nosotros, y sobre todo, darle a Jesús el fruto completo de este Sacramento, pues solamente estas criaturas pueden dárselo; para darle el amor que espera recibir; y nos debe empujar el deseo de que Jesús pueda ser liberado de los velos eucarísticos, y pase a consagrarse a Sí mismo en cada uno de nuestros actos, para que así, Jesús forme la Vida de su Querer en nosotros y nos pueda comunicar los bienes que posee su Vida completa; además, para que se pueda reconocer no sólo Él, sino la misma Trinidad en cada uno de nosotros; y finalmente, junto con Él darle al Padre las gracias, el amor, el reconocimiento, que Él mismo le dio por haber permitido que se quedara en el Sacramento.

 

         Sin embargo, es triste el decirlo, cada vez que lo recibimos pensamos en nuestras cosas humanas: peticiones, actos de agradecimiento realizados con nuestra voluntad, etc., dejándolo solo y entristecido por no poder dar a las criaturas todos los bienes que su Vida encierra, y no poder formar en ellas vida real, perenne y total.  Oigamos en qué soledad ponemos a Jesús al recibirlo Sacramentado:

 

Enero 18, 1933

         “…Hija mía, sé fiel en no dejarme jamás solo, porque la pena de la soledad es la más oprimente, porque la compañía es el alimento del desahogo de quien sufre, en cambio sin compañía se sufre el dolor y se está obligado a sentir el hambre, porque falta quién le dé el desahogo del alimento, falta todo, y quizá falta quién pudiese ofrecer el alivio, aunque fuera una medicina amarga.  Hija mía, cuántas almas me reciben Sacramentado en sus corazones y me ponen en soledad, me siento en ellas como dentro de un desierto, como si no les perteneciese, me tratan como extraño, ¿pero sabes por qué no toman parte en mi Vida, en mis virtudes, en mi santidad, en mis alegrías y en mis dolores?  Compañía significa tomar parte en todo lo que hace y sufre la persona que le está cerca, por tanto recibirme y no tomar parte en mi Vida, es para Mí la soledad más amarga, y quedando solo no puedo decirle cuánto ardo en amor por ellas, y por eso queda aislado mi amor, aislada mi santidad, mis virtudes, mi Vida, en suma, todo es soledad en Mí y fuera de Mí.  ¡Oh! cuántas veces desciendo en los corazones y lloro, porque me veo solo, y cuando desciendo, viéndome solo, me siento no atendido, no apreciado, no amado, tanto, que estoy obligado por su desatención a reducirme al silencio y a la tristeza, y como no toman parte en mi Vida Sacramental, me siento apartado en sus corazones, y viéndome que no tengo qué hacer, con paciencia divina e invencible espero la consumación de las especies sacramentales, dentro de las cuales mi Fiat eterno me había aprisionado, dejando apenas los rastros de mi descendimiento, porque nada he podido dejar de mi Vida Sacramental, quizá sólo mis lágrimas, porque no habiendo tomado parte en mi Vida faltaba el vacío donde poder dejar las cosas que me pertenecen, y que Yo quería poner en común con ellas.  Por eso se ven tantas almas que me reciben Sacramentado y no dan de Mí, son estériles de virtud, estériles de amor, de sacrificio; pobrecillas, se alimentan de Mí, pero como no me hacen compañía quedan en ayunas.  ¡Ay! en qué estrechura de dolor y de cruel martirio es puesta mi Vida Sacramental, muchas veces me siento ahogado de amor, quisiera liberarme y suspiro descender en los corazones, pero ¡ay de Mí! estoy obligado a salir de ellos más sofocado que antes.  ¿Cómo podía desahogarme si ni siquiera han puesto atención a las llamas que me quemaban?  Otras veces la plenitud del dolor me inunda, suspiro un corazón para tener un alivio a mis penas, ¡pero qué! quisieran que Yo tomase parte en las de ellas, no ellas en las mías…, y lo hago, escondo mis dolores, mis lágrimas para consolarlas, y Yo quedo sin el alivio suspirado.  ¿Pero quién puede decirte los tantos dolores de mi Vida Sacramental, y cómo son más los que me reciben y me dejan en soledad en sus corazones, pero soledad amarga, que los que me hacen compañía?  Y cuando encuentro un corazón que me hace compañía, pongo en comunicación mi Vida con ella, dejándole el depósito de mis virtudes, el fruto de mis sacrificios, la participación de mi Vida, y Yo la escojo como mi morada, para escondite de mis penas y como lugar de mi refugio, y me siento como correspondido por el sacrificio de mi Vida Eucarística, porque encuentro quién rompe mi soledad, quién me enjuga las lágrimas, quién me da libertad para que pueda desahogar mi Amor y mis dolores, son ellas quienes me sirven como especies vivientes, no como las especies sacramentales que nada me dan, solamente me esconden, el resto lo hago todo Yo solo, no me dicen una palabra que rompa mi soledad, son especies mudas.  En cambio en las almas que me sirven como especies vivientes, desarrollamos la vida juntos, palpitamos con un solo latido, y si la veo dispuesta le comunico mis penas y continúo en ella mi Pasión, puedo decir que de las especies sacramentales paso a las especies vivientes para continuar mi Vida sobre la tierra, no solo, sino junto con ella.  Tú debes saber que no están más en mi poder las penas, y les voy pidiendo por amor a estas especies vivientes de las almas, que me suplan en lo que a Mí me falta.  Por eso hija mía, cuando encuentro un corazón que me ama y me hace compañía, dándome la libertad de hacer lo que quiero, Yo llego a los excesos, no me fijo en nada, doy tanto, que la pobre criatura se siente ahogar por mi Amor y por mis gracias, y entonces no queda más estéril mi Vida Sacramental cuando desciendo en los corazones, no, me reproduce, bilocando y continuando mi Vida en ella, y éstas son mis conquistadoras que suministran a este pobre indigente de penas, su vida y me dicen:  ‘Amor mío, Tú tuviste tu turno de penas y terminó, ahora es mi turno, por eso déjame que te supla y que yo sufra en lugar tuyo.’  Y ¡oh! cómo quedo contento por esto, mi Vida Sacramental queda en su puesto de honor, porque reproduce otras Vidas suyas en las criaturas.  Por eso siempre junto conmigo te quiero, a fin de que hagamos vida juntos y tú tomes a pecho mi Vida y Yo tome la tuya.”

 

         Ya sabemos qué significa la Eucaristía, qué finalidad tiene, cómo debemos recibirla, para qué recibirla, así que no tenemos pretexto, el alma que quiera vivir de Divina Voluntad debe acudir a este Sacramento, tanto si está en camino de querer llegar a vivir en Ella, como si ya está haciendo vida.  No hay pretextos, debemos ir con la conciencia clara de que se trata de darle a Jesús el fruto completo de su Vida Sacramental, y de recibir nosotros el fruto completo, que es ni más ni menos, que la propia divinización.

 

         Que la Divina Voluntad los ilumine y los guíe para reproducir su Vida en ustedes.

 

Fiat

 

Salvador



[1] Jn. 6 54-ss. Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo, que si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre verdaderamente es bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora, y yo en él.

[2] La Iglesia vive continuamente del sacrificio redentor, y accede a él no solamente a través de un recuerdo lleno de fe, sino también en un contacto actual, puesto que este sacrificio se hace presente, perpetuándose sacramentalmente en cada comunidad que lo ofrece por manos del ministro consagrado. Encíclica Ecclesia de Eucaristía, de S.S. Juan Pablo II

[3] La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es «fuente y cima de toda la vida cristiana» «La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo» S. S. Juan Pablo II

[4] Carta enc. Redemptor hominis (15 marzo 1979), 20: AAS 71 (1979), 310.

[5] Carta ap. Dominicae Cenae (24 febrero 1980), 2: AAS 72 (1980), 115.

[6] Nicolás Cabasilas, La vida en Cristo, IV, 10: Sch 355, 270.

[7] Ninguna de las 2 formas es un vivir en Divina Voluntad, y en ninguna la criatura se funde en su Creador en una sola Vida.

[8] El sacrificio dura aún, el esfuerzo es continuo, si bien esfuerzo todo de amor, ¿y quieres saber dónde y cómo?  En el sacramento de la Eucaristía, en él el sacrificio es continuo, perpetuo, es la fuerza que hago al Padre para que use Misericordia con las criaturas y con las almas para obtener su amor, y me encuentro en continuo contraste de morir continuamente, si bien todas muertes de amor. Luisa Piccarreta, Vol. 4   12/03/03 

[9] Una pequeña aclaración:  Si así fuera, querría decir que Dios al crearnos tenía en su mente, como finalidad, el salvarnos, por lo que ya estaría predeterminado que el hombre iba a pecar y necesitar de la salvación.  ¿Dios nos habrá creado para pecar?  ¡BLASFEMIA el sólo pensarlo!

[10] Col. 1 16

[11] Por eso al crearlo no le di leyes, ni instituí Sacramentos, sino sólo le di al hombre mi Voluntad, porque era más que suficiente, estando en el principio de Ella, para encontrar todos los medios para llegar no a una santidad baja, sino a la altura de la santidad divina y así encontrarse en el puerto de su fin.  Esto significa que el hombre no debía tener necesidad de otra cosa sino sólo de mi Voluntad, en la cual debía encontrar todo en modo sorprendente, admirable y fácil para hacerse santo y feliz en el tiempo y en la eternidad. Luisa Piccarreta, Vol 17   10/06/24

[12] Luisa Piccarreta  24/01/38

[13] Cfr también Vol. 12 25/12/20

[14] Gal. 2:20

[15] Se mostró también un río de agua de vida, claro como un cristal, que manaba del solio de Dios y del Cordero. En medio de la plaza de la ciudad, y de la una y otra parte del río estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto, y las hojas del árbol sanan a las gentes. Ap 22

 

[16] Cfr Vías de demostración de Dios, Suma Teológica Sto. Tomás de Aquino

[17] Esto no requiere demostración, pues basta ver la extensión de ella, confrontada con la pequeñez humana