MEDITACIONES SOBRE LA PASIÓN DE JESÚS

 

 

PARTE I

Oh Jesús, nada haces que no represente a lo vivo tu dolorosísima Pasión, que tienes siempre presente en la mente, en el corazón, en todo, y esto me enseña que si también yo tuviera siempre delante a mi mente y en el corazón el pensamiento de tu Pasión, jamás me negarías el alimento de tu amor.

Oh mi Jesús, ningún acto se te escapa en que no me tengas presente y con el que no intentes hacerme un bien especial, por eso te ruego que tu Pasión esté siempre en mi mente, en mi corazón, en mis miradas, en mis obras, en mis pasos, a fin de que a donde quiera que me dirija, dentro y fuera de mí, te encuentre siempre presente a mí, y dame la gracia de que jamás olvide lo que has sufrido y padecido por mí.  Esta sea para mí un imán, que atrayendo todo mi ser en Ti, no me deje alejarme de Ti.

Estas Palabras de Luisa Piccarreta deberían resonar siempre en nuestros labios, pero que fueran un desbordamiento de nuestra inteligencia, de nuestro corazón, para estar siempre unidos con nuestro amado Jesús y consolarlo no sólo con el recuerdo de todo lo que Él sufrió, sino con el fundirnos en Él para acompañarlo y hacer nuestras sus penas.  Sin embargo, lo que más lo consolaría sería que aprovecháramos al máximo estos sufrimientos, obteniendo el fruto completo de su Redención, pero, ¿cuál es este fruto completo?  S. Ireneo, nos da la respuesta correcta:  «Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios»  También S. Atanasio nos deja delineado nuestro fin:  «El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos participantes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres»

Esta es, ni más ni menos, nuestra finalidad, la finalidad que Dios se trazó desde toda la eternidad, así que la Redención no fue únicamente para "salvarnos", no, la salvación era simplemente el principio de la gran obra, principio, no finalidad, por eso, el consuelo más grande que podemos darle a Jesús, no es el recordar su Pasión, no es el condolernos de Él, sino el consuelo máximo debe ser que vea que todo lo que hizo en su Vida logra su cometido, o sea unificarnos con Él y que pueda comunicarnos su propia "Naturaleza", y nosotros que la podamos recibir.

 

De la misma manera que un padre no estaría satisfecho con que su hijo solamente se pasara la vida recordando todo lo que trabajó, los esfuerzos que hizo, los sufrimientos y las penurias para mantenerlo, alimentarlo, darle educación, etc., pero que no se hubiera aprovechado de todo eso para llegar a ser lo que el padre anheló, de igual manera Dios con nosotros.

En primer lugar habrá que analizar la causa de la venida de Jesús al mundo en forma «pasible», pues debemos recordar que Jesús tenía que venir al mundo aunque no hubiera habido pecado, para eso fue creado, y sobre todo tenía que venir para enseñarnos a vivir de su Voluntad y dejar sus actos en acto para que los pudiéramos tomar.  En el siguiente capítulo veremos tanto la finalidad de la creación del hombre, como el por qué Jesús tuvo que padecer:

Vol. 25    Marzo 31, 1929

"Pequeña hija de mi Querer, tú debes saber que son derechos absolutos de mi Fiat Divino el tener el primado sobre cada uno de los actos de la criatura, y quien le niega el primado le quita sus derechos divinos que por justicia le son debidos, porque es creador del querer humano.  ¿Quién puede decirte hija mía cuánto mal puede hacer una criatura cuando llega a sustraerse de la Voluntad de su Creador?  Mira, bastó un acto de sustracción del primer hombre a nuestra Voluntad Divina para cambiar la suerte de las generaciones humanas, y no sólo eso, sino que cambió la misma suerte de nuestra Divina Voluntad.  Si Adán no hubiese pecado, el Verbo Eterno, que es la misma Voluntad del Padre Celestial, debía venir a la tierra glorioso, triunfante y dominador, acompañado visiblemente por su ejército angélico, que todos debían ver, y con el esplendor de su gloria debía fascinar a todos y atraer a todos a Sí con su belleza; coronado como rey y con el cetro de mando para ser rey y cabeza de la familia humana, de modo de darle el gran honor de poder decir:  'Tenemos un rey hombre y Dios.'  Mucho más que tu Jesús no descendía del Cielo para encontrar al hombre enfermo, porque si no se hubiera sustraído de mi Voluntad Divina no debían existir enfermedades, ni de alma ni de cuerpo, porque fue la voluntad humana la que casi ahogó de penas a la pobre criatura; el Fiat Divino era intangible de toda pena y tal debía ser el hombre.

Por lo tanto Yo debía venir a encontrar al hombre feliz, santo y con la plenitud de los bienes con los cuales lo había creado.  En cambio, porque quiso hacer su voluntad cambió nuestra suerte, y como estaba decretado que Yo debía descender sobre la tierra, y cuando la Divinidad decreta, no hay quien la aparte, sólo cambié modo y aspecto, así que descendí, pero bajo vestidos humildísimos, pobre, sin ningún aparato de gloria, sufriente, llorando y cargado con todas las miserias y penas del hombre.  La voluntad humana me hacía venir a encontrar al hombre infeliz, ciego, sordo y mudo, lleno de todas las miserias, y Yo para sanarlo lo debía tomar sobre de Mí, y para no infundirle espanto debía mostrarme como uno de ellos para hermanarlos y darles las medicinas y remedios que se necesitaban.  Así que el querer humano tiene la potencia de volverse feliz o infeliz, santo o pecador, sano o enfermo.  Entonces mira, si el alma se decide a hacer siempre, siempre mi Divina Voluntad y vivir en Ella, cambiará su suerte y mi Divina Voluntad se lanzará sobre la criatura, la hará su presa y dándole el beso de la Creación cambiará aspecto y modo, y estrechándola a su seno le dirá:  'Pongamos todo a un lado, para ti y para Mí han regresado los primeros tiempos de la Creación, todo será felicidad entre tú y Yo, vivirás en nuestra casa, como hija nuestra, en la abundancia de los bienes de tu Creador.'  Escucha mi pequeña recién nacida de mi Divina Voluntad, si el hombre no hubiese pecado, no se hubiese sustraído de mi Divina Voluntad, Yo habría venido a la tierra, pero ¿sabes como?  Lleno de Majestad, como cuando resucité de la muerte, que si bien tenía mi Humanidad similar al hombre, unida al Verbo Eterno, pero con qué diversidad mi Humanidad resucitada era glorificada, vestida de luz, no sujeta ni a sufrir, ni a morir, era el divino triunfador.  En cambio mi Humanidad antes de morir, estaba sujeta, si bien voluntariamente, a todas las penas, es más, fui el hombre de los dolores.  Y como el hombre tenía aún los ojos ofuscados por el querer humano, y por eso aún enfermo, pocos fueron los que me vieron resucitado, lo que sirvió para confirmar mi Resurrección.  Después subí al Cielo para dar tiempo al hombre de tomar los remedios y las medicinas a fin de que curase y se dispusiera a conocer mi Divina Voluntad, para vivir no de la suya, sino de la mía, y así podré hacerme ver lleno de majestad y de gloria en medio a los hijos de mi reino.  Por eso mi Resurrección es la confirmación del Fiat Voluntas Tua come in Cielo cosí in terra.  Después de un tan largo dolor, sufrido por mi Divina Voluntad por tantos siglos por no tener su reino sobre la tierra y su absoluto dominio, era justo que mi Humanidad pusiera a salvo sus derechos y realizase mi y su finalidad primaria, la de formar su reino en medio a las criaturas.

Además de esto, tú debes saber, para confirmarte mayormente, cómo la voluntad humana cambió su suerte y la de la Divina Voluntad en relación a él.  En toda la historia del mundo, sólo dos han vivido de Voluntad Divina sin jamás hacer la suya, y fuimos la Soberana Reina y Yo, y la distancia, la diversidad entre Nosotros y las otras criaturas es infinita, tanto, que ni siquiera nuestros cuerpos quedaron sobre la tierra, habían servido como morada al Fiat Divino y Él se sentía inseparable de nuestros cuerpos y por eso los reclamó, y con su fuerza imperante raptó nuestros cuerpos junto con nuestras almas en su patria celestial.  ¿Y por qué todo esto?  Toda la razón está en que jamás nuestra voluntad humana tuvo un acto de vida, sino que todo el dominio y el campo de acción fue sólo de mi Divina Voluntad.  Su Potencia es infinita, su Amor es insuperable."

Después de esto ha hecho silencio y yo sentía que nadaba en el mar del Fiat y, ¡oh, cuántas cosas comprendía, y mi dulce Jesús ha agregado:

"Hija mía, con no hacer mi Divina Voluntad, la criatura pone en desorden el orden que tuvo la Divina Majestad en la Creación, se deshonra a sí misma, desciende en lo bajo, se pone a distancia con su Creador, pierde el principio, el medio y el fin de aquella Vida Divina que con tanto amor le fue infundida en el acto de ser creada.  Nosotros amábamos tanto a este hombre, que poníamos en él, como principio de vida a nuestra Divina Voluntad, queríamos sentirnos raptar por él, queríamos sentir en él nuestra fuerza, nuestra potencia, nuestra felicidad, nuestro mismo eco continuo, y ¿quién más podía hacernos sentir y ver todo esto, sino nuestra Divina Voluntad bilocada en él?  Queríamos ver en el hombre al portador de su Creador, el cual debía volverlo feliz en el tiempo y en la eternidad.  Por eso al no hacer nuestra Divina Voluntad, sentimos a lo vivo el gran dolor de nuestra obra desordenada, nuestro eco apagado, nuestra fuerza raptora que debía raptarnos para darle nuevas sorpresas de felicidad se convirtió en debilidad, en suma, se trastornó.  He aquí por qué no podemos tolerar tal desorden en nuestra obra, y si tanto he dicho sobre mi Fiat Divino, es propiamente ésta la finalidad, que queremos poner al hombre en el orden, a fin de que regrese sobre los primeros pasos de su creación, y corriendo en él el humor vital de nuestro Querer, forme de nuevo a nuestro portador, nuestra morada sobre la tierra, su y nuestra felicidad."

 

PARTE II

 

Habiendo examinado lo expuesto en la discusión anterior, hemos visto que el plan de Dios era, precisamente, «el que Jesús viniera a vivir en la tierra junto con sus hermanos para llevarlos a la perfecta semejanza con Él, alcanzando por eso, no sólo la unión, sino la "fusión", donde Dios nos quiere dotar con su misma "naturaleza"» y cómo el pecado original quitó la posibilidad de que se realizara, forzando a que la venida de Jesús cambiara de modo, en vez de glorioso, penante.  Ahora, una de las primeras consideraciones que debemos hacer es la siguiente:

1. Dios nos ama infinitamente, cierto.  Su misericordia es infinita, cierto.  Nos quiere a todos salvados, cierto.  Tiene la potencia para hacerlo, cierto.

2. Pero debemos considerar también que todos sus atributos son infinitos, y que ningún atributo es menor o mayor que otro, tan infinito es el Amor, como infinita es la Justicia, tan grande la Misericordia, como grande la Bondad, y así de todos los demás, todos son iguales, por lo que forzosamente deben estar en pleno equilibrio para que se manifieste uno de sus atributos primarios, «el orden»

¿A qué viene esto?  Expliquémonos:  Se ha pensado, juzgado y enseñado,  que la Pasión de Jesús fue la que narran los evangelios, que empieza el jueves por la tarde con la última cena, y concluye el domingo por la mañana con la Resurrección, y que en esto se encierra toda la obra de la Redención.  Ciertamente los méritos de Jesús son infinitos por estar unida en Él la naturaleza Divina (Verbo Eterno), a la naturaleza humana, y hubiera sido más que suficiente para lograr que el Padre perdonara a su criatura, y que ésta pudiese aspirar a entrar nuevamente a su presencia después de la muerte, alcanzando así la bienaventuranza eterna.  Por supuesto que hubiera sido suficiente si el pecado original solamente hubiera sido una desobediencia, una simple ofensa; pero no, el pecado original destruyó todo el bien que la criatura hubiera podido recibir, y dio muerte, en él, a todas las Vidas Divinas que Dios había determinado multiplicar por medio de cada acto realizado en la Divina Voluntad.  Este pecado original convirtió en  «pecado» al querer humano, de tal manera que todo lo que el hombre hace es pecado, porque no tiene ya acceso a la Divina Voluntad que es la que multiplicaría la Vida Divina en cada acto de la criatura, y era esta la finalidad de nuestra creación, por lo que sin importar qué haga el hombre, si su acto es bueno o malo, material o espiritual, simplemente ya no pone en ello la Vida Divina que Dios había pensado multiplicar en aquél acto.  Esto lo manifiesta el propio Jesús en Abril 22, 1928:

.."Hija mía, el mal es grande, mi Voluntad es Luz y la humana es tinieblas; la mía es Santidad, y «el querer humano es pecado»; la mía es Belleza y contiene todo bien, la humana es fealdad y contiene todo mal, así que el alma con no hacer mi Voluntad hace morir la Luz, da muerte a la Santidad, a la Belleza y a todos los bienes, y con hacer la suya hace nacer las tinieblas, da la vida al pecado, a la fealdad y a todos los males."

Así las cosas, el hombre debía pagar tantas muertes por cuantas muertes dio en él a la Vida Divina, debía al mismo tiempo pagar una pena por cada pecado, lo cual le era imposible hacer, no tenía la capacidad de multiplicar cada pena por cuantas se requerían, mucho menos el sufrir tantas muertes por cuantas debía; fue por eso que se requería un Hombre y Dios que satisficiera por todos, como dice en el Vol. 12:  «Para recibir una plena satisfacción se necesitaba un hombre y un Dios que satisficiera»  Pues solamente Él tenía en Sí mismo la capacidad, no sólo de multiplicar las penas, sino de infligir y sufrir todas las penas y muertes requeridas por su Justicia.  Es verdaderamente importante el reconocer que fue Él mismo, su Divinidad, la que dio todas las penas, pues ¿quién sabría decir cuántas se necesitaban?  ¿Cuántas muertes debía sufrir?  Y no sólo eso, sino ¿quién habría tenido la capacidad de dar tantísimas penas y muertes sin sentir cansancio y hastío?  Oigamos esto mismo pero de labios de Él:

Febrero 4, 1919

..."Mira hija mía con qué exceso de amor amé a la criatura, mi Divinidad fue celosa y no confió a las criaturas el trabajo de la Redención haciéndome sufrir la Pasión.  La criatura era impotente para hacerme morir tantas veces por cuantas criaturas habían salido y deberían salir a la luz de lo creado, y por cuantos pecados mortales habrían tenido la desgracia de cometer.  La Divinidad quería vida por cada vida de criatura, y vida por cada muerte que con el pecado mortal se daba.  ¿Quién podría ser tan potente sobre Mí para darme tantas muertes, sino mi Divinidad?  ¿Quién habría tenido la fuerza, el amor, la constancia de verme morir tantas veces sino mi Divinidad?  La criatura se habría cansado y habría desfallecido.  Y no creas que este trabajo de mi Divinidad empezó tarde, por el contrario, empezó en cuanto fue cumplida mi concepción, desde el seno de mi Mamá, la cual muchas veces tenía conocimiento de mis penas y quedaba martirizada y sentía la muerte junto conmigo.  Así que desde el seno materno mi Divinidad tomó el empeño de sacrificador amoroso, pero precisamente por amoroso más exigente e inflexible, tanto, que ni siquiera una espina fue dispensada a mi gimiente Humanidad, ni un clavo, pero no como las espinas, los clavos, los flagelos que sufrí en la Pasión que me dieron las criaturas, que no se multiplicaban, cuantos me ponían, tantos quedaban, en cambio los de mi Divinidad se multiplicaban por cada ofensa, así que tantas espinas por cuantos pensamientos malos, tantos clavos por cuantas obras indignas, tantos golpes por cuantos placeres, tantas penas por cuantas fueron las ofensas, por eso eran mares de penas, de espinas, de clavos, de golpes innumerables.  Delante a la Pasión que me dio la Divinidad, la Pasión que me dieron las criaturas el último de mis días no fue otra cosa que sombra, imagen de lo que me hizo sufrir mi Divinidad en el curso de mi Vida; por eso amo tanto a las almas, son Vidas que me cuestan, son penas inconcebibles a mente creada, por eso entra dentro de mi Divinidad y mira y toca con la mano lo que sufrí."

Se podría preguntar, ¿Si la Divinidad tomó la iniciativa en dar los sufrimientos, qué papel jugaron entonces las criaturas?  Oigamos la respuesta:

Junio 4, 1919

..."Hija mía, las penas que me dio la Divinidad superan por mucho las penas que me dieron las criaturas, tanto en la potencia como en la intensidad y multiplicidad y en la duración, pero no hubo ni injusticia ni odio, sino sumo amor, acuerdo de las Tres Divinas Personas, empeño que Yo había tomado sobre de Mí de salvar a las almas a costa de sufrir tantas muertes por cuantas criaturas salían a la luz de la Creación, y que el Padre con sumo amor me había otorgado.  En la Divinidad no existe ni puede existir ni la injusticia ni el odio, por tanto era incapaz de hacerme sufrir estas penas, pero el hombre con el pecado había cometido suma injusticia, odio, etc., y Yo para glorificar al Padre completamente debía sufrir la injusticia, el odio, las burlas, etc., he aquí por qué el último de mis días mortales sufrí la Pasión por parte de las criaturas, donde fueron tantas las injusticias, los odios, las burlas, las venganzas, las humillaciones que me hicieron, que a mi pobre Humanidad la convirtieron en el oprobio de todos, hasta tal punto que no parecía que fuera hombre, me desfiguraron tanto que ellos mismos tenían horror de mirarme, era la abyección y el desecho de todos, así que podría llamarlas dos Pasiones distintas.  Las criaturas no me podían dar tantas muertes ni tantas penas por cuantas criaturas y pecados habrían ellas de cometer, eran incapaces, y por eso la Divinidad tomo el empeño, pero con sumo amor y de acuerdo entre Nosotros.  Por otro lado, la Divinidad era incapaz de injusticia, etc., y ahí entraron las criaturas y completé en todo la obra de la Redención."

Creo que ha quedado claro el que Dios pedía, exigía una compensación exacta a todas las culpas del hombre, no pudiendo evitar algunas de ellas; aunque su Amor lo impulsaba irremediablemente hacia la criatura, su Justicia pedía el pago preciso; entonces, ¿qué hace el Amor?  Éste se interpone entre la Justicia y la criatura, queriendo recibir Él mismo el castigo merecido por ella, y al mismo tiempo es Él quien quiere pagar lo que debemos, pues nosotros, habiendo perdido la Divina Voluntad y la Vida Divina, ya no teníamos capacidad para hacerlo, pues Dios quería una Vida Divina en cada acto.  Este es el trabajo del Amor, quedando así satisfechas las exigencias de los dos atributos en juego, la Justicia va a castigar hasta el último delito cometido por toda la familia humana en la Humanidad de la misma Divinidad, y a recibir lo que se le debe, o sea una Vida Divina por cada acto de criatura; donde ella había dado muerte a dicha Vida, Jesús tiene que dar una Vida como pago a la Divinidad, dejándola al mismo tiempo a disposición de la criatura para que ésta la pudiera tomar en ella, apropiándose tanto de Ella como de los méritos; y esto lo hace sufriendo una muerte a manos de la Divinidad, da muerte por vida.  El Amor se expone a todo lo anterior, no sólo para salvar a la criatura, sino para restablecerla a su punto de origen.  Ahora sí, ya tenemos una visión más clara del por qué de las penas de Jesús, y sobre todo, empezamos a visualizar el tipo de penas y la duración de éstas; no fue solamente un día, no fueron unos cuantos azotes, una corona de espinas, unos cuantos golpes, etc., no fue solamente una muerte la que sufrió, sino que fueron incontables, infinitos los sufrimientos y las muertes.

Ahora iniciamos un viaje hacia la verdadera Pasión de Nuestro amado Jesús, un viaje que nos revelará cuánto nos ama, cuánto le costamos, pero sobre todo, qué es lo que quiere conseguir con todo ello.

 

Parte III

 

Tenemos ya algunas ideas interesantes, a saber:

1.- Jesús, unión hipostática de la Naturaleza Divina con la humana en una Persona, la Persona del Verbo Eterno, tenía que venir a la tierra aunque no hubiera habido pecado, así que no se debe a éste el que haya venido, simplemente es el plan original de Dios, pero ahora cambia de modo, se presenta no en forma gloriosa, con majestad y poder para vivir entre sus hermanos y enseñarnos cómo se vive en la Divina Voluntad y dejarnos sus actos para que los podamos tomar y vivirlos nosotros, convirtiéndolo así en Rey, pues un Rey que se precie de serlo debe extender su propia vida para que sus súbditos vivan de ella.  Esto está indiciado en el libro del Génesis cuando Dios expulsa del paraíso a Adán para que no coma del «árbol de la vida» y viva para siempre, pues el haber comido de él, significaba alimentarse de la misma Vida de «Jesús», y eso lo hubiera confirmado en la unión de Vida que Dios quería realizar con el hombre.  Así que ahora «Jesús» tiene que venir en estado pasible, debe hermanarse con el hombre caído, el cual ya no tiene capacidad para conocerlo en su forma gloriosa, razón por la que vela su Majestad y su Divinidad con los velos de la humanidad.  Ahora, primero debe sanar al hombre de la herida mortal que se inflingió él mismo al no dar vida en él a la Divina Voluntad y haber desobedecido.

2.- El pecado original no fue solamente una «ofensa» a Dios, no, sino que fue el «IMPEDIR LA REALIZACIÓN DEL PLAN DE DIOS»  El poner su Vida en cada acto de la criatura, así que no es simplemente una ofensa, sino una deuda, deuda de Vida Divina, por lo que nadie, absolutamente nadie podía pagar dicha deuda, pues todos los seres creados (ángeles y hombres), carecían de esta moneda divina.  Fue por eso que era necesario, obligatorio, el que fuera «Jesús» quien pagara una deuda de esta naturaleza, pues solamente Él tenía dicha moneda, gracias a la unión hipostática, donde su naturaleza de verdadero hombre se encontraba totalmente fundida a su Naturaleza de verdadero Dios, por lo que cada acto hecho por Él, era una Vida Divina que Dios multiplicaba.

3.- Dios es perfecto equilibrio, así que su Justicia no se dio por pagada solamente con unos cuantos sufrimientos y una sola muerte, sino que exigía tantas penas como pecados habrían sido cometidos por toda la familia humana, al mismo tiempo que pedía tantas muertes como muertes el hombre había dado en sus actos a la Vida Divina que Dios quería poner en ellos.

Con estas ideas podremos entender un poco más la magnitud enorme de la Pasión de Jesús, para no quedarnos simplemente con la Pasión que se narra en el Evangelio, y así sabremos exactamente qué hizo por nosotros, y solamente los más obstinados y duros de corazón podrán quedar indiferentes ante tal muestra de «AMOR».

Permítanme antes de pasar al análisis de la Pasión, el poner un capítulo de Luisa donde se dice claramente qué es el hombre, y así sabremos exactamente la causa por la que «Jesús» se sometió al sufrimiento voluntario.

Vol. 29    Agosto 3, 1931

.."Hija mía, la creación del hombre fue el centro donde nuestra Divinidad concentraba todos los bienes que debían surgir en la criatura, poníamos en ella Vida Divina y Voluntad Divina, vida humana y voluntad humana; la vida humana debía servirnos de habitación, y las dos Voluntades fundidas juntas debían hacer vida en común, con sumo acuerdo, más bien la voluntad humana debía tomar de la nuestra para formar sus actos, y la nuestra debía estar en acto continuo de dar de lo suyo para hacer que la voluntad humana quedase modelada y toda uniformada en la Divina Voluntad.  Ahora, no hay vida, tanto humana, espiritual y Divina, que no tenga necesidad de alimento para crecer, para fortalecerse, embellecerse y felicitarse.  Nosotros poníamos nuestra Vida Divina en el hombre porque era incapaz de recibir toda la plenitud de nuestro Ser Divino, pusimos en él cuanto podía contener de nuestra Vida, dándole libertad de hacerla crecer cuanto más pudiera y quisiera, pero nuestra Vida en el hombre, para crecer, tenía necesidad de alimento, he aquí la necesidad de poner en él una Voluntad Divina; nuestra Vida Divina no se habría adaptado a alimentos de voluntad humana.  He aquí entonces que todos los actos de la criatura hechos en virtud, y en nuestra Voluntad Divina, servirían para alimentar y hacer crecer nuestra Vida Divina en ella, de modo que conforme iba haciendo sus actos en nuestro Fiat, ahora tomaba nuestro Amor y nos alimentaba, ahora tomaba nuestra Fuerza, ahora nuestra dulzura infinita, ahora nuestras alegrías divinas para alimentarnos."

 

PARTE IV

 

Teniendo en cuenta lo que hemos analizado en las 3 intervenciones anteriores, vemos una realidad diferente al planteamiento acostumbrado cuando abordamos el tema de la Pasión de Nuestro Señor, y la obra de la Redención, a saber:

1.-  La naturaleza real del hombre, su finalidad, y la magnitud del pecado original.  Esto nos servirá para alejar de nuestra mente algunas cosas que habiendo sido dichas por los apóstoles, o por San Pablo, nos orillan a ver en la Humanidad de Jesús un envilecimiento de la Divinidad al «abajarse», según ellos, a tomar nuestra naturaleza (San Pablo a los Filipenses, Cap. 2:5 ss).  Esto sería verdad solamente si separamos al hombre de Dios, cosa por demás errónea, pues es Dios mismo quien creó al hombre para UNIR su Naturaleza Divina a la humana (como vimos en el capítulo del 3 de Agosto de 1931), Él quería multiplicar su Vida en el hombre creado, que ciertamente es muy inferior a Dios, pero éste no fue creado para llevar una vida aparte de Dios, sino unido continuamente a Él.  Por esto no se puede considerar humillación el tomar nuestra naturaleza, era simplemente el llevar a cabo el decreto divino de la Encarnación de Dios para volver dioses a los hombres (esto será tema de otra meditación).  Ciertamente debe tomar sobre Sí mismo los pecados de toda la familia humana, lo que lo convierte en Redentor, pero eso es muy diferente a decir que por el pecado tuvimos la fortuna de contar con tal Redentor (Jesús); esto es como decir que Dios supedita su obrar, no a Sí mismo, sino al hombre.

2.-  Vemos ahora el por qué  debe ser Él quien pague todo lo nuestro, y por qué ninguno de nosotros podría haber satisfecho a la Justicia divina.

3.-  De igual manera nos hace conocer la verdadera naturaleza de Dios, donde todo es orden, donde la Justicia Divina debe ser satisfecha al 100%, de la misma forma que debe ser satisfecho el Amor Divino, la Bondad Divina, la Misericordia, etc., no puede un atributo renunciar a sus derechos en favor de otro, todos deben estar satisfechos plenamente.

4.-  Una de las partes más delicadas, es el llegar al punto de la finalidad que Dios se trazó al llevar a cabo la Redención.  Ciertamente no era su plan, la Redención jamás habría podido ser el plan de Dios, pues si esto fuera cierto, sería tanto como decir que su plan era que el hombre necesitara redención, o sea, que «pecara», para que pudiera ser redimido, lo cual es una verdadera blasfemia.  Además, tomando en cuenta que Dios no «puede» supeditar su obrar al hombre, sino que debe ser supeditado a Él, la causa de la Redención debemos buscarla en Él, no en nosotros.  Ya vimos que la misión del hombre era grandísima, pero grandísima no solamente para el hombre, sino sobre todo para Dios, pues se trataba de multiplicar su Vida y sus obras.  En el Vol. 33, el 6 de Mayo de 1934, Jesús dice lo siguiente:

..."Hija mía, el fin primario de la Redención, en nuestra mente divina, fue el restablecer el reino de la Divina Voluntad en la criatura; era esto de Divino que habíamos puesto en ella, nuestra Voluntad obrante, el acto más noble, más bello, y que en virtud de esto Nosotros amábamos a la criatura hasta la locura, porque tenía de lo nuestro, Nosotros nos amábamos a Nosotros mismos en ella, y por eso nuestro Amor era perfecto, pleno e incesante, y como si no nos pudiéramos separar de ella, sentíamos a nuestra misma Voluntad que desde dentro de la criatura nos imponía a amarla, y si descendí del Cielo a la tierra, fue el Imperio, la Potencia de mi Fiat que me llamó, porque quería sus derechos y ser restablecido y puesto a salvo su acto noble y divino.  Nos habría faltado el orden y habríamos actuado contra natura si descendiendo del Cielo hubiera puesto a salvo a las criaturas, y a nuestra Voluntad, lo que de Divino y nuestro acto más bello puesto en ellas, principio, origen y fin de todo, no ponerlo a salvo y restituirle su reino en ellas."  Pero, ¿quién hay que no piense en salvarse primero a sí mismo y después a los demás?  Ninguno, y si no puede salvarse a sí mismo, es señal de que no tendrá ni virtud, ni poder de salvar a los demás.  Con restablecer el reino de mi Voluntad en la criatura, Yo hacía el acto más grande, acto que sólo puede hacer un Dios, esto es, poner a salvo mi misma Vida en la criatura, y salvándome a Mí mismo, todos eran puestos al seguro, no más peligros, porque tenían una Vida Divina en su poder, en la cual habrían encontrado todos los bienes que quisieran.

Sobre el mismo punto, el 28 de Diciembre de 1937, Jesús le dice a Luisa:

..."Tú debes saber que Yo vine a la tierra para poner a salvo mis habitaciones; el hombre es mi habitación que con tanto amor me había formado, y en la cual, para hacerla digna de Mí, había concurrido mi Potencia y el arte creador de mi Sabiduría; esta habitación era un prodigio de nuestro Amor y de nuestras manos divinas.  Ahora, al sustraerse de nuestra Voluntad, nuestra habitación se pone en ruinas, queda obscura y queda como habitación de enemigos y de ladrones.  ¡Qué dolor no fue para Nosotros!  Así que mi Vida acá abajo sirvió para restituir, restablecer y poner a salvo esta habitación que con tanto amor nos habíamos formado.  También ella era nuestra, convenía salvarla para poderla habitar de nuevo, por eso para salvarla di todos los remedios posibles e imaginables, di mi misma Vida para fortificarla, cimentarla de nuevo, derramé toda mi sangre para lavarla de todas las suciedades, y con mi muerte quise darle nuevamente la vida para hacerla digna de recibir de nuevo como habitador a Aquél que la había creado.

Ahora, habiendo dado todos los medios para salvar nuestra habitación, era decoroso para Nosotros poner a salvo al Rey que debía habitarla.  Nuestro Amor había quedado a la mitad de su carrera, impedido y como detenido en su camino, por eso el reino de nuestra Voluntad servirá para poner a salvo aquel Fiat rechazado por la criatura, darle la entrada en su habitación y hacerlo reinar y dominar como soberano que es.

... "Si no fuese cierto el reino de mi Voluntad, ¿en qué aprovecharía componer y restablecer las habitaciones?

¡Ah! hija mía, tú no comprendes bien qué significa no hacer nuestra Voluntad:  Nos son quitados todos los derechos, nos sofocan tantas Vidas Divinas nuestras.  Nuestro Amor era y es tanto, que en cada acto de criatura queríamos crearnos a Nosotros mismos para hacernos amar, hacernos conocer, y para estar en continuo intercambio de vida entre las criaturas y Nosotros.  ¡Hacer esto sin nuestra Voluntad es imposible!  Solamente Ella tiene Potencia y Virtud de volver adaptable a la criatura para recibir nuestra Vida Divina, y pone en camino a nuestro Amor para crearnos a Nosotros mismos en el acto de la criatura.  Tú debes saber que en cada acto que la criatura hace en nuestra Voluntad, una fuerza irresistible nos llama, la miramos, nos reflejamos en ella y con un amor que no nos es dado resistir, creamos nuestra Vida, ¡y si tú supieras qué significa crear nuestra Vida!  En eso entra una desahogo de amor tan grande, que en nuestro énfasis de amor decimos:  '¡Ah, la criatura nos ha hecho formar nuestra Vida en su acto.'  Sentimos paridad de amor, de santidad, de gloria nuestra, y quedamos con ansia esperando la continua repetición de sus actos hechos en nuestro Querer para repetir nuestra Vida, para tener en su acto a Nosotros mismos, que nos amamos, que nos glorificamos, y sólo entonces tenemos el verdadero fin de la Creación:  el que todo debe servir a Nosotros, aun el más pequeño acto de la criatura sirve para repetir nuestra Vida y para hacer desahogo de nuestro amor.  Por eso el vivir en nuestro Querer será todo para Nosotros, y todo para la criatura."

Entendiendo qué somos, y el para qué somos, tendremos ante nosotros la grandiosidad del plan de Dios, y veremos sin velos la manifestación del verdadero Amor Divino, que se muestra no como dice San Juan en su evangelio:  "Que amó tanto Dios al mundo, que no paró hasta dar a su Hijo unigénito."  No, sino que el Amor de Dios lo vemos al conocer que nos quiere dotar de su misma Vida Divina, de sus mismas obras, nos quiere a la par de Él, en cuanto a criatura es posible.  Eso es Amor, es la manifestación de un Dios que no se conforma con la criatura «salvada», no, la «necesita salvar», pero no como finalidad, sino como «necesidad» para lograr su verdadero cometido, quiere convivir al Tú por Tú con un igual a Él, ni más ni menos.

Ahora nos queda claro el por qué Jesús voluntariamente se somete a todas las penas, sufrimientos, vejaciones, desprecios, muertes, etc., etc.

Esto no disminuye en lo más mínimo los méritos de Jesús, por el contrario, ahora nos presenta a un Jesús conocedor de todo lo que se requiere para llamar a las criaturas para que regresen al

orden, a su puesto y a la finalidad para la que fueron creadas por Dios.  Nos presenta a un Jesús que tiene únicamente dos finalidades: 

a.-  Satisfacer al Padre en amor, gloria, alabanza.

b.-  Vivir la vida de todos los hombres como si nunca se hubieran salido de la Divina Voluntad, y dejar a su disposición todos sus actos para que los tomara, aunque fuera solamente como medicina para lograr el fin menor, la salvación; pero su mira es que llegaran a vivir la Vida Divina

Con todo lo anterior, estamos ya preparados para entender la triple Pasión de Nuestro Señor, que analizaremos en la próxima intervención.

 

PARTE V

 

Ya sabemos en qué consistió el pecado original, pero veamos un poco sus consecuencias no en el plan original de Dios, que ciertamente es el punto más importante, sino que entremos un poco en el hombre para entender qué pasó.  Analicemos en primer lugar que Dios dotó al hombre de voluntad, inteligencia y memoria; en la primera refulgía el Padre celestial, el cual, como acto primero comunicaba su Potencia, su Santidad, su altura, por lo cual elevaba a la voluntad humana invistiéndola de su misma santidad, potencia y nobleza, dejando todas las corrientes abiertas entre Él y la voluntad humana, a fin de que siempre más se enriqueciera de los tesoros de su Divinidad; entre la voluntad humana y la divina no había tuyo ni mío, sino todo en común, con acuerdo recíproco, era imagen suya, cosa suya, así que ella lo semejaba, por lo tanto la Vida de Dios debía ser la suya y por eso constituía como acto primero su voluntad libre, independiente, como era acto primero la Voluntad del Padre celestial; pero esta voluntad cuánto se ha desfigurado, de libre se ha vuelto esclava de vilísimas pasiones.  Es ella el principio de todos los males del hombre.

Después, como acto segundo concurrió el Hijo de Dios (Segunda Persona de la Trinidad), dotando al hombre de inteligencia, comunicándole su sabiduría y la ciencia de todas las cosas, a fin de que conociéndolas pudiese gustar y hacerse feliz en el bien.  Pero de esta ciencia se ha servido para desconocer a su Creador.

Después, como acto tercero concurrió el Espíritu Santo, dotándolo de memoria, a fin de que recordándose de tantos beneficios, pudiera estar en continuas corrientes de amor, en continuas relaciones; el amor debía coronarla, abrazarla e informar toda su vida; pero esta memoria se recuerda sólo de los placeres, de las riquezas y hasta de pecar.

Así que una vez deformadas estas tres potencias, la Trinidad Sacrosanta es puesta fuera del hombre, Dios había formado su morada en él, y él lo había arrojado fuera.  Pero, ¿qué pasó?  Si el hombre era realmente tan grande por la comunicación de la misma Vida Divina, ¿por qué pecó?  Simplemente olvidó que Dios lo amaba y olvidó amarlo, fue este el primer germen de su culpa; si hubiese pensado que Dios lo amaba mucho y que él estaba obligado a amarlo, jamás se habría decidido a desobedecerlo, así que primero cesó el amor, después comenzó el pecado, y en cuanto cesó de amar a su Dios, cesó el verdadero amor a sí mismo; sus miembros y sus potencias se rebelaron, perdió el dominio, el orden, y se volvió temeroso; no sólo esto, sino cesó el verdadero amor hacia las demás criaturas, mientras que Dios lo había creado con el mismo amor que reinaba entre las Divinas Personas, en el cual uno debía ser la imagen del otro, la felicidad, la alegría, la vida del otro.

El hombre fue creado por Dios con estas tres potencias para que pudiese tener los vínculos de comunicación con la Trinidad Sacrosanta; éstas eran caminos para subir a Dios, puertas para entrar, habitaciones para formar la continua morada, la criatura a Dios y Dios a la criatura.  Estos son los caminos reales del uno y del otro, las puertas de oro que Dios puso en el fondo del alma para que pudiera entrar la Majestad Divina; la estancia segura e inmutable donde Dios debía establecer su celestial morada.  Ahora, la Divina Voluntad para poder formar su reino en lo íntimo del alma, quiere encontrar en orden al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, estas tres potencias dadas a la criatura para elevarla a la semejanza de su Creador.  Sin este orden, se puede decir que le hemos cerrado las puertas, que hemos puesto barricadas en los caminos para impedirles el paso, estas tres potencias debían servir para comprender a Aquél que las había creado para hacer crecer al alma a su semejanza, y transfundida su voluntad en la de su Creador darle el derecho de hacerla reinar.  He aquí el por qué el Supremo Querer no puede reinar en el alma si estas tres potencias, inteligencia, memoria y voluntad, no se dan la mano entre ellas para regresar a la finalidad por la cual Dios las ha creado.

Ahora, el hombre al pecar, el primer paso que da en el mal es la falta de amor, por lo tanto, faltando el amor se precipita en la culpa.  El segundo paso que sucede en la culpa es defraudar la gloria de Dios.  El tercer efecto que produce la culpa es la debilidad en el hombre.  Esto es el fundamento de la Pasión de Jesús. Oigámoslo en el capítulo del 22/01/13

"...Hija mía, mi primera Pasión fue el amor, porque el hombre al pecar, el primer paso que da en el mal es la falta de amor, por lo tanto, faltando el amor se precipita en la culpa.  Por eso el Amor, para rehacerse en Mí de esta falta de amor de las criaturas, me hizo sufrir más que todos, casi me trituró, más que bajo una prensa, me dio tantas muertes por cuantas criaturas reciben la vida.

El segundo paso que sucede en la culpa es defraudar la gloria de Dios, y el Padre, para rehacerse de la gloria quitada por las criaturas me hizo sufrir la Pasión del pecado, esto es, que cada culpa me daba una pasión especial; si la Pasión fue una, el pecado en cambio me dio tantas pasiones por cuantas culpas se cometerán hasta el fin del mundo, y así se rehizo la gloria del Padre.

El tercer efecto que produce la culpa es la debilidad en el hombre, y por eso quise sufrir la Pasión por manos de los judíos, esta es mi tercera Pasión, para rehacer al hombre de la fuerza perdida.

Así que con la Pasión del amor se rehizo y se puso en justo nivel el Amor, con la Pasión del pecado se rehizo y se puso a nivel la gloria del Padre, con la Pasión de los judíos se puso a nivel y se rehizo la fuerza de las criaturas."

Con esto tenemos ya una pequeña idea de lo que es la verdadera Pasión, lo que quiere decir, pues se trata de una muerte por cada vez que la criatura no ha dado vida a la Divina Voluntad en cada uno de sus actos, o sea, n número de muertes, esto resulta incomprensible a la mente humana; un sufrimiento, azote, espina, golpe, insulto, etc., por cada pecado, lo cual también es incomprensible.  La única Pasión que queda a nuestra capacidad es la tercera, la de los judíos, pues de alguna manera podemos situarnos en ella, podemos comprender lo que es el dolor físico, el cansancio, la sed, el agotamiento, la asfixia, etc., pues tenemos un cuerpo igual al de Él, y sin importar la infinita distancia entre la Majestad de Jesús y nosotros, comprendemos perfectamente su sufrimiento.

Una de las manifestaciones del amor de Dios hacia la criatura, es que fue celoso y no confió a las criaturas el trabajo de la Redención.  La criatura era impotente para hacer morir tantas veces a Jesús por cuantas criaturas habían salido y deberían salir a la luz de lo creado, y por cuantos pecados mortales habrían tenido la desgracia de cometer.  La Divinidad quería vida por cada vida de criatura, y vida por cada muerte que con el pecado mortal se daba.  ¿Quién podría ser tan potente para darle tantas muertes, sino la Divinidad?  ¿Quién habría tenido la fuerza, el amor, la constancia de verlo morir tantas veces sino la Divinidad?  La criatura se habría cansado y habría desfallecido; la Divinidad tomó el empeño de sacrificador amoroso, pero precisamente por amoroso más exigente e inflexible, tanto, que ni siquiera una espina le fue dispensada, ni un clavo, pero no como las espinas, los clavos, los flagelos de la Pasión que le dieron las criaturas, que no se multiplicaban, cuantos ponían, tantos quedaban, en cambio los de la Divinidad se multiplicaban por cada ofensa, así que tantas espinas por cuantos pensamientos malos, tantos clavos por cuantas obras indignas, tantos golpes por cuantos placeres, tantas penas por cuantas fueron las ofensas, por eso eran mares de penas, de espinas, de clavos, de golpes innumerables.  Delante a la Pasión que le dio la Divinidad, la Pasión que le dieron las criaturas el último de sus días no fue otra cosa que sombra, imagen de lo que lo hizo sufrir la Divinidad en el curso de su vida.

Todo esto no inicia el último de sus días, lo cual hubiera sido realmente un alivio, pues habría tenido una vida normal, 33 años y más de vivir como nosotros hemos vivido, de penas, sí, mezcladas con momentos de alegría, de solaz, pero no fue así, esto empezó en cuanto fue concebido, desde el seno de su Mamá, la cual muchas veces tenía conocimiento de sus penas y quedaba martirizada y sentía la muerte junto con Él.  Terrible realidad, la cual escapa a nuestra compresión, pero no por no entenderla no existe.  Luisa misma no lo entiende, y Jesús la invita a penetrar en su interior para que perciba la realidad de esto:

"...Yo no sé como me encontraba dentro de la inmensidad Divina, que erigía tronos de justicia por cada criatura, a lo cual el dulce Jesús debía responder por cada acto de criatura, sufrir por cada uno de ellos las penas, la muerte, pagar el precio de todo, y Jesús como dulce corderito era hecho morir por las manos divinas, para resurgir y sufrir otras muertes.  ¡Oh, Dios!  ¡Oh, Dios, qué penas tan desgarradoras, morir para resurgir y resurgir para someterse a muertes más dolorosas!  Yo me sentía morir al ver muerto a mi dulce Jesús.  Tantas veces hubiera querido evitar una sola muerte a Aquél que tanto me ama.  ¡Oh, cómo comprendía bien que sólo la Divinidad podía hacer sufrir tanto a mi dulce Jesús, y que sólo Ella podía gloriarse de haber amado a los hombres hasta la locura y el exceso, con penas inauditas y con amor infinito!  Por eso, ni el ángel ni el hombre tenían en su mano este poder, de poder amarnos con tanto heroísmo de sacrificio como un Dios.  ¿Pero quién puede decirlo todo?  Mi pobre mente nadaba en aquel mar inmenso de luz, de amor y de penas, y yo quedaba como ahogada sin saber salir de él; y si mi amable Jesús no me hubiera atraído al pequeño mar de su Santísima Humanidad, en el que la mente no quedaba tan abismada sin poder ver ningún confín, yo no habría podido decir nada.

El mismo sacerdote que tenía a su cargo a Luisa, duda de todo esto, le parece imposible, como a nosotros, que Jesús pudiese sufrir tantas muertes y tantas penas por cada uno.  Jesús responde a esto el día 20/03/19

"...Hija mía, mi Querer contiene el poder de todo, bastaba sólo con quererlo para que todo sucediera, y si esto no fuera así, entonces mi Querer en el poder debía tener un límite, mientras que en todas mis cosas soy sin límite e infinito, y por eso todo lo que quiero lo hago.  ¡Ah! qué poco soy comprendido por las criaturas, y por eso no soy amado.  Ven tú en mi Humanidad y te haré ver y tocar con la mano lo que te he dicho."

Entonces me he encontrado en Jesús, al cual le era inseparable la Divinidad y el Querer eterno, y este Querer, sólo con quererlo creaba las muertes repetidas, las penas sin número, los golpes sin flagelos, las pinchaduras agudísimas sin espinas, con una facilidad tal, como cuando con un solo Fiat creaba millones de estrellas, no se necesitaron tantos Fiat por cuantas estrellas creaba, sino que bastó uno solo, pero con éste no salió a la luz una sola estrella y las demás permanecieron en la mente divina, o bien en la intención, sino que todas en realidad salieron, y cada una tiene su luz propia para adornar nuestro firmamento; así era en el cielo de la Humanidad santísima de Nuestro Señor, que el Divino Querer con su Fiat creador creaba la vida y la muerte por cuantas veces quería.  Entonces, encontrándome en Jesús, me he encontrado en aquel punto cuando Jesús sufría la flagelación por las manos divinas; sólo con que el Querer eterno lo ha querido, sin golpes, sin látigos, las carnes de la Humanidad de Jesús caían a pedazos, se formaban los profundos desgarros, pero en modo desgarrador en las partes más íntimas.  Era tanta la obediencia de Jesús a aquel Querer Divino, que por Sí mismo se sometía, pero en modo tan doloroso, que la flagelación que le dieron los judíos se puede decir que fue la imagen, o la sombra de la que sufría por parte del Querer eterno, y además, sólo con que el Querer Divino lo quería, su Humanidad se recomponía, así sucedía cuando sufría las muertes por cada alma y todo lo demás.  Yo he tomado parte en estas penas de Jesús y, ¡oh! como comprendía a lo vivo que el Querer Divino puede hacernos morir cuantas veces quiera y después darnos de nuevo la vida.  ¡Oh, Dios, son cosas inenarrables, excesos de amor, misterios profundos, casi inconcebibles a mente creada!  Yo me sentía incapaz de regresar a la vida, al uso de los sentidos, al movimiento después de aquellas penas sufridas, y mi bendito Jesús me ha dicho:

"Hija de mi Querer, mi Querer te ha dado las penas, y mi Querer te da de nuevo la vida, el movimiento y todo.  Te llamaré frecuentemente en mi Divinidad a tomar parte en las tantas muertes y penas que en realidad sufrí por cada una de las almas, no como piensan algunos, que fue sólo en mi Voluntad, o que sólo tenía intención de dar vida a cada uno, ¡Falso, falso!  No conocen el prodigio, el Amor y el Poder de mi Querer.  Tú, que has conocido en algún modo la realidad de las tantas muertes sufridas por todos, no tengas dudas, sino ámame y sé reconociente por todos, y mantente lista para cuando mi Querer te llame."

Para reafirmar un poco lo dicho hasta aquí, oigamos lo que se dice el 28 de noviembre de 1923:

"...Debes saber hija mía, que la cruz más grande, más larga, que nunca me dejó, para mi Humanidad fue la Voluntad Divina.  Es más, cada acto opuesto de voluntad humana a la Divina era una cruz distinta que el Supremo Querer imprimía en lo más íntimo de mi Humanidad, porque cuando la voluntad humana se mueve en la tierra para obrar, la Divina se mueve desde el Cielo para encontrarse con el querer humano y hacer de él uno solo con el Suyo, para hacer correr torrentes de gracia, de luz, de santidad en aquel acto; y el querer humano no recibiendo el encuentro con el Divino, se pone en guerra con su Creador y rechaza a las regiones celestiales el bien, la luz, la santidad que estaban por llover sobre él.  Entonces el Querer Supremo, ofendido, quería la correspondencia de Mí, y en cada acto de voluntad humana me infligía una cruz, y si bien junto con la cruz recibía Yo todo el bien rechazado por ellas, para tenerlo en depósito en Mí para cuando la criatura estuviera dispuesta a recibir en sus actos el encuentro con la Divina, con todo esto no pude eximirme de sentir el dolor intenso de tantas cruces.  Mira en mi interior cuántos millones de cruces contenía mi Humanidad, por eso las cruces de mi Voluntad fueron incalculables, su dolor era infinito, y Yo gemía bajo el peso de un dolor infinito; este dolor infinito tenía tal poder, de darme la muerte a cada instante y darme cruz a cada acto opuesto de la voluntad humana a la Divina.  La cruz de mi Voluntad no es de madera, que hace sentir el solo peso y el dolor, sino es cruz de luz y de fuego que arde y consume y se imprime en modo de formar una sola cosa con la misma naturaleza.  Si Yo quisiera decirte la cruz que me dio la Voluntad Divina, debería entrelazar todos los actos de las criaturas, hacértelos presentes y hacerte tocar con la mano cómo mi Querer, queriendo justa satisfacción, me infligía cruz sobre cruz.  ¿No había sido acaso una voluntad humana la que había ofendido y roto con la Divina?  Entonces una Voluntad Divina debía crucificar, adolorar mi naturaleza y voluntad humana; todo lo demás del hombre se puede llamar superficial; la fuente, la raíz, la sustancia del bien o del mal está en el fondo de la voluntad, por eso sólo la Voluntad Divina podía hacerme expiar el mal de tantas voluntades humanas."

Con todo lo anterior, podemos decir que también la Divina Voluntad ha sufrido, de nuestras manos, una Pasión, la cual se ha repercutido en la Humanidad de Jesús, pero al fin y al cabo es Pasión que hemos inflingido a la misma Divina Voluntad:

5 de septiembre de 1938

"Hija mía bendita, cuánto sufre mi Voluntad en la criatura, basta decirte que cada vez que la criatura hace su voluntad, pone en la cruz a la mía, así que la cruz de mi Voluntad es el querer humano, pero no con tres clavos como Yo fui crucificado sobre la cruz, sino con tantos clavos por cuantas veces se opone a la mía, por cuantas veces no es reconocida, y mientras quiere hacer el bien es rechazada con los clavos de la ingratitud.  ¡Cómo es desgarradora esta crucifixión de mi Voluntad en la criatura!  Cuántas veces se siente poner los clavos a su respiro, a su latido, a su movimiento, porque no siendo conocida, y que Ella es vida del respiro, del latido y del movimiento, entonces el respiro, el latido y el movimiento humanos le sirven de clavos que le impiden desarrollar en ellos el bien que quiere.  ¡Oh, cómo se siente poner en la cruz por el querer humano!  Ella con su movimiento divino quiere hacer despuntar el día en el movimiento humano, y la criatura pone en la cruz al movimiento divino, y con su movimiento hace despuntar la noche y pone en la cruz a la luz; cómo se duele mi luz al verse reprimida, crucificada, puesta en un estado de inhabilidad por el querer humano.  Mi Voluntad con su respiro quiere hacer respirar al respiro de la criatura para darle la vida de su Santidad, de su Fuerza, y la criatura con no recibirla le pone el clavo del pecado, de sus pasiones y debilidades; pobre de mi Voluntad, en qué estado de dolor y de continua crucifixión se encuentra en el querer humano.  Éste no hace otra cosa que poner en la cruz a nuestro Amor, y todos los bienes que queremos darle son llenados con sus clavos.

Podríamos eternizarnos en este tema, así que con lo ya expuesto es suficiente para adentrarnos en esta inmensidad de sufrimiento, de dolor, pero sobre todo de amor por nosotros.  La Cuaresma, la Semana Santa, todos los días del año, de nuestra vida, debería estar presente esta, no digo Pasión, sino acción continua de Dios hacia nosotros, no sólo para recordarla, para conmovernos, para llevar a cabo prácticas piadosas, rezos para «sentirnos bien nosotros mismos por el recuerdo que hacemos de esta Pasión, pensando que con eso correspondemos al amor de Jesús», no, sino para aprovecharnos de ella, para sacar el fruto completo que Dios quiso darnos a través de su sufrimiento en la Humanidad de Jesús.  Debemos entender que no es con rezos, con oraciones, con prácticas piadosas, con lágrimas, con luto, con lo que vamos a aliviar a Nuestro Señor.  Démosle el gusto, la alegría inmensa de ver que todo lo que sufrió ha dado resultado, que ha logrado restituirnos a la Vida Divina, que es la causa por la que nos ha creado.  ¿Queremos aliviar a Jesús?  Vivamos en su Voluntad.  ¿Queremos ahorrarle sufrimientos?  La única manera es viviendo en Ella, pues de esa manera ya no impondremos sobre Él las muertes y penas que merecen nuestros actos fuera de su Voluntad.  Sólo quien vive en su Voluntad no la pone en la cruz.  Esto no puede cambiar, si las dos voluntades, humana y Divina no están unidas, la humana formará la cruz a la Divina, y la Divina formará la cruz a la humana.

Luisa le pide a Jesús que le participe de sus penas, y Él le dice:

"...Hija mía, el opio del alma es mi Voluntad, mi opio es la voluntad del alma abandonada en la mía, unida al puro amor.  Este opio que el alma me da, tiene la virtud de que:  Las espinas pierdan en Mí la virtud de pinchar, los clavos de perforar, las llagas de dar dolor; todo me calma y adormece, así que si tú me has dado el opio, ¿cómo quieres que te haga parte de mis penas?  Si no las tengo para Mí menos para ti."

 

Salvador Thomassiny