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La Oración

 

Tema difícil de tratar desde el punto de vista de la Divina Voluntad, pues la oración se ha convertido en el centro de la actividad de nuestra práctica religiosa actual.  Hemos centrado nuestra relación con Dios en la “oración”, y de ahí el significado que le hemos dado:  «Es la elevación del alma a Dios para adorarlo, alabarlo, glorificarlo, darle gracias, implorar perdón por nuestros pecados y pedir lo que necesitamos.  La oración es la fuente de la Gracia»  Por elevación entendemos que las dos facultades principales, el entendimiento y la voluntad, se dirigen a Dios; el entendimiento pensando en Él, o hablando con Él; la voluntad excitándose a afectos de adoración, amor, petición, etc.  En última instancia, la finalidad que el hombre tiene en mente cuando ora, es UNIRSE con la DIVINIDAD, pero siempre es el hombre dirigiéndose a Dios, o sea, en la mente, en la intención, en el pensamiento, en la voluntad del hombre, EXISTEN 2 SERES, EL HOMBRE Y DIOS, el hombre intenta agradar a Dios con sus actos humanos, virtuosos, modelados por la Gracia, pero humanos.  La oración nos recuerda lo necesitados que estamos.

Se divide en mental y vocal.  Puede existir la oración mental sin la vocal, pero nunca existirá la oración vocal sin la mental, porque palabras que no van acompañadas de atención, devoción, humildad, confianza, perseverancia y piedad, no pueden recibir certificado de oración, convirtiéndose entonces en un simple acto rutinario, sin valor, no importando que se le siga dando el nombre de oración.  Desgraciadamente ésta última es la que ha tomado carta de naturalización entre los católicos de todo el mundo, habiendo sido fomentada y alimentada por la proliferación de “oraciones de petición”, donde la única finalidad es obtener las ayudas que requerimos, sin importar ni cómo pedimos, ni a quién pedimos (oraciones a los santos “novenas”, a los ángeles, etc.), y en este tipo de oración, la finalidad de unión con Dios no existe.  En contrapartida, la oración mental, en muchas ocasiones va exenta de petición, encontrando el alma el deleite con la unión con su Creador, y casi nunca, por no decir jamás, es dirigida a los santos, o a los ángeles, siempre es a Dios, o a la Madre de Dios.  La causa de esta diferencia es que en la vocal podemos distraer nuestra mente, quedándonos solamente con el reflejo condicionado de la palabra; mientras que en la mental son todas nuestras potencias dirigidas al Ser Supremo, y si por un instante las apartamos de Él, se pierde la oración.  De ahí la afición a la vocal, pues nos permite estar en varios lugares a la vez, pensar en cualquier cosa, podemos orar y hacer cualquier actividad, aunque nos ocupe nuestra inteligencia, nuestra voluntad y hasta nuestra memoria, por lo que a Dios le estamos dando el último lugar en nuestra vida, aunque tengamos el rosario todo el día en la mano, quedando satisfechos por haber orado, ¡qué pavoroso engaño nos hace nuestra voluntad!  No cabe duda que la voluntad humana falsifica aun la verdadera devoción, y profana las obras más santas con la propia voluntad, buscándose siempre a sí misma.  La oración mental es tan poco buscada, porque requiere concentración absoluta en lo que estamos haciendo, es celosísima, por lo que no nos permite hacer otra actividad, de ahí la razón de que aun los religiosos no la practiquen como se supone que la debieran practicar:  Sin descanso, a tiempo y destiempo.

Sin comentarios.

La oración es necesaria.  La escritura nos enseña la necesidad de la oración:  Jesucristo nos insiste en ello, por ejemplo:  Vigilad y orad para no caer en la tentación Mt 26:41, y es necesario orar siempre y no desfallecer Lc 18:1.

Su eficacia es inmensa, y por ella podemos obtener todo cuanto no se oponga a nuestra salvación.  Es infalible cuando se acompaña de las debidas condiciones, a saber:  Que se pida una cosa conforme con la Divina Voluntad, en estado de gracia, con las condiciones ya expresadas de atención, devoción, humildad, confianza y perseverancia.  El secreto de la oración está en la unión del hombre con Dios.

Un punto esencial para llegar a comprender la importancia y realidad de la oración, podemos descubrirlo en la carta a los romanos de San Pablo, (Rm 826-27):

"...El Espíritu Divino ayuda a nuestra flaqueza, pues no sabiendo siquiera qué hemos de pedir en nuestras oraciones, ni cómo conviene hacerlo, el mismo Espíritu hace, o produce en nuestro interior, nuestras peticiones a Dios con gemidos que son inexplicables.  Pero Aquél que penetra a fondo los corazones conoce bien qué es lo que desea el Espíritu, el cual no pide nada por los santos, que no sea según Dios”.

Lo anterior es muy demostrativo, dándonos a conocer:  Que no sabemos cómo orar, que nuestra oración no es agradable a Dios, y que debe ser el mismo Espíritu Divino quien supla nuestra deficiencia.

Pero existe otra posibilidad, que no se trate sólo de una simple suplencia por no saber orar, sino que la verdadera y real oración debe terminar en esto, que sea el mismo Dios quien desde nuestro interior se hable a Sí mismo, y como el hombre no lo sabe y por tanto no le da la posibilidad de hacerlo, es Él mismo quien a través de su Espíritu hace lo que la criatura debería haber hecho.  Si esto fuera realidad, querría decir que la práctica de la oración no sólo lleva la finalidad que hemos pensado, sino que su verdadera y única finalidad, sería crear el plano adecuado para que Dios pueda venir a morar en nosotros, y desde nosotros hablar, orar, obrar, etc.

Conviene recordar que la humanidad ha surcado 4 etapas en su camino hacia Dios, etapas en las que su relación con el Ser Supremo, la manera de acercarse a Él, y por lo tanto la oración, han sido muy diferentes.

Primera etapa.-  En el transcurso de la historia de la humanidad, solamente 3 seres han sido creados siguiendo el modelo que Dios había pensado, a saber:

El modelo primigenio:  «La Humanidad de Jesús»  La humanidad de su Madre Santísima, y Adán, que fue puesto por Dios como cabeza de la misión humana, dotado de todas las prerrogativas necesarias a un ser creado, para ser «imagen y semejanza» del Verbo encarnado.  En estas tres personas vemos claramente la primera manifestación de religiosidad, la cual no era a base de manifestaciones externas, de oraciones, de cultos o prácticas inventados por el hombre, o sugeridos por inspiración divina, no, sino que era la experiencia misma de la Divinidad en el interior de él, y que por medio de su mismo actuar iba engrandeciendo la antes mencionada experiencia de Dios.  No había separación entre Dios y la criatura, no había invocaciones, no había prácticas especiales, no había necesidad de leyes, reglas, sacramentos, oraciones, etc., simplemente la Voluntad Divina suplía a todo eso, y sobrepasaba en modo infinito a todo lo que se lleva a cabo después del pecado original, y es así como tenemos la primera etapa, la manifestación original de religiosidad, la cual se lleva a cabo a través de la misma Divina Voluntad.  Así lo expresa Jesús con estas palabras:

“...Hija mía, mi Voluntad es todo y contiene todo y además es principio, medio y fin del hombre.  Por eso al crearlo no le di leyes, ni instituí sacramentos, sino sólo le di al hombre mi Voluntad, porque era más que suficiente, estando en el principio de Ella, para encontrar todos los medios para llegar no a una santidad baja, sino a la altura de la santidad divina y así encontrarse en el puerto de su fin.”

Segunda etapa.-  Ésta tiene comienzo inmediatamente después del pecado original.  Dios hace la promesa de un Redentor, y su justificación y santidad dependen entonces de su fe y adhesión a dicha promesa, y todo se basa en lo que el mismo Adán transmite a sus descendientes, que aunque había perdido ya el conocimiento de su Creador, sin embargo lo poco que su inteligencia humana alcanzaba a recordar bastó por algún tiempo para hacer que el hombre permaneciera fiel a dicha promesa.  Aquí, el hombre es el ser más necesitado, y debe hacer las primeras prácticas de “culto”, recordemos el ofrecimiento de las primicias de su trabajo que hacen Caín y Abel.  La voluntad humana vuelve esclavo al hombre, lo hace tener necesidad de todo, se siente continuamente faltar la fuerza, la luz; su existencia está siempre en peligro, y lo que obtiene es por medio de oraciones y fatigosamente.  Después del exterminio de la raza humana por el diluvio, Dios decide formarse un pueblo, para que así, a través de él, poder dar reglas de comportamiento más precisas, pero sobre todo inicia la preparación para el arribo de su Mesías.  Y si se le dio una ley después de siglos y siglos de creado, fue porque el hombre había perdido su principio, por lo tanto había extraviado los medios y el fin.  Así que la ley no fue principio sino medio para llegar a dicho fin.  En esta etapa se fortalece el culto, las prácticas religiosas se multiplican, aparece la oración como tal, ya no es el diálogo personal, aparecen las oraciones de alabanza, de gloria, de amor, de confianza, de petición, estas fueron los salmos.

Tercera etapa.-  Después, el tiempo se cumple y viene el Mesías, Jesús, el cual nos deja no sólo el ejemplo de su vida, su predicación, sus sufrimientos, muerte y resurrección, sino que funda su Iglesia, instituye sacramentos como medios más fuertes y potentes para salvar al hombre, y no sólo salvarlo, sino que en primer lugar le restituye la Vida Divina, esto por medio del Bautismo; le da el alimento para hacerla crecer, a través de las virtudes, la Vida de la Gracia, la Gracia Santificante, le infunde los dones del Espíritu Santo, pero sobre todo nos deja su propia carne y sangre para alimentarnos de ellas, “la Eucaristía”.  Así que el plano original se acerca cada vez más, pues ahora, gracias a todo esto, podemos acercarnos a una vida de intimidad con Dios, ya no más alejados, pero aún se ven dos seres, juntos, sí, pero no unificados, fundidos como en un principio.

En esta etapa, la santidad que se adquiere es muy alta, pues en ella actúa la Gracia Santificante, y es donde se han dado los dos más grandes acercamientos a Dios que la criatura ha podido alcanzar, que son:  La unificación de voluntades, con San Juan de la Cruz, y la Encarnación Mística con Conchita Cabrera de Armida, sobre todo esta última, pues es tal la unión alcanzada, que Jesús le dice, “Quien te toca a ti toca al Verbo.” Aunque lo verdaderamente impresionante con ella, es que no es una mujer consagrada, sino una mujer laica, casada, madre de muchos hijos, siendo por eso el ejemplo claro de que la santidad y la unión con Dios no requiere de largas y largas horas de oración, sino de una actitud de permanencia con Dios, de unión de obras, a imitación de nuestra Madre Santísima, donde lo único es olvidarse el alma de sí misma, sin importar qué haga.

"...Hija mía, para que el alma pueda olvidarse de si misma, debe hacer de manera que todo lo que hace y que le es necesario, lo haga como si Yo lo quisiera hacer en ella:  Si reza debe decir, es Jesús que quiere rezar, y yo rezo juntamente con ella; si debe trabajar, es Jesús que quiere trabajar, es Jesús que quiere caminar, es Jesús que quiere tomar alimento, que quiere dormir, que quiere levantarse, que quiere divertirse, y así de todo lo demás de la vida, solo así puede el alma olvidarse de si misma, porque no solo hará todo porque lo quiero Yo, sino que, porque lo quiero hacer Yo me necesita a Mi."

Cuarta etapa.-  Todo lo anterior, no importa lo grande que sea, no sirve para restituir al hombre a su punto de origen, a la santidad divina, solamente lo acerca.  Es hasta el año de 1865 en que Dios decide iniciar su tercera gran obra, la Santificación, con el nacimiento de Luisa Piccarreta, que es la primera de la estirpe normal, o sea nacida con pecado original y necesitada de los sacramentos para ser incorporada a la Iglesia; y que gracias a la Divina Voluntad que le fue dada en don por haberse sabido conservar siempre sin hacer uso de su voluntad humana, puede llegar a la fusión con la Vida Divina, a formar un solo ser con Jesús, y a través de Él, a repetir en sí misma la Vida Divina.

En el edén terrenal, en el momento de ser creado nuestro padre Adán, el primer acto que hizo al abrir por primera vez sus ojos a la luz del día, es la oración perfecta, aquella que debiera ser modelo para la oración de todos aquellos que anhelen vivir como él, fundidos en el Querer Divino:

“...Tú debes saber que apenas Adán sintió la vida, el movimiento, la razón, vio a su Dios ante él, comprendió que Él lo había formado, sentía en sí, en todo su ser, todavía frescas las impresiones, el toque de sus manos creadoras, y agradecido, en un ímpetu de amor pronunció su primera palabra:  'Te amo Dios mío, Padre mío, autor de mi vida.'  Pero no fue sólo la palabra, sino que el respiro, el latido, las gotas de su sangre que corrían por sus venas, el movimiento, todo su ser unido, a coro dijeron:  'Te amo, te amo, te amo.'  Así que la primera lección que aprendió de su Creador, la primera palabra que aprendió a decir, el primer pensamiento que tuvo vida en su mente, el primer latido que formó en su corazón, fue:  'Te amo, te amo.'  Se sentía amado y amó.  Podría decir que su te amo no terminaba jamás, fue tan prolongado que sólo fue interrumpido cuando tuvo la desgracia de caer en pecado.  Por eso nuestra Divinidad se sintió herida al oír sobre los labios del hombre, te amo, te amo, era la misma palabra que Nosotros habíamos creado en el órgano de su voz, que nos decía:  'Te amo.'  Era nuestro Amor creado por Nosotros en la criatura que nos decía te amo, ¿cómo no quedar herido, cómo no corresponderlo con un amor más abundante, mas fuerte, digno de nuestra magnificencia?  En cuanto oímos que nos dijo 'te amo', así Nosotros le repetimos 'te amo', pero en nuestro 'te amo' hacemos correr en todo su ser la Vida obrante de nuestra Divina Voluntad, así que encerramos en el hombre, como dentro de nuestro templo, nuestra Voluntad, para que encerrada en el círculo humano, mientras permanecía en Nosotros, obrara cosas grandes y fuera Ella el pensamiento, la palabra, el latido, el paso, la obra del hombre; nuestro 'te amo' no podía dar cosa más santa, más bella, más potente, que pudiera formar la Vida del Creador en la criatura, que nuestra Voluntad obrante en él, y ¡oh! cómo nos resultaba agradable ver que nuestra Voluntad tenía su puesto de actora, y el querer humano deslumbrado por su Luz gozaba su paraíso, y dándole plena libertad la hacía hacer lo que quería, dándole el primado en todo, y el puesto de honor que a un Querer tan Santo convenía.  Ve entonces cómo el principio de la vida de Adán fue un acto pleno de amor hacia Dios de todo su ser, qué lecciones sublimes, cómo el principio del amor debía correr en todo lo obrado por la criatura.”

Esta es la VERDADERA ORACIÓN, esta es la oración de Jesús, la oración de María, es el fundir todo el ser en Dios para dejar que Él sea todo en uno, ¿extraño?  Puede ser, pero entonces nos parecerán muy «extrañas» las siguientes palabras de Jesús, en las cuales se demuestra lo antes mencionado:

“…Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, ¿y aún no me habéis conocido? Felipe, quien me ve a Mí, ve también al Padre. ¿Pues cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No creéis que yo estoy en el Padre y que el Padre está en Mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo de Mí mismo. El Padre que está en Mí, Él mismo hace Conmigo las obras que Yo hago.  ¿Cómo no creéis que Yo estoy en el Padre, y que el Padre está en Mí?  Creedlo al menos por las obras que Yo hago. En verdad, en verdad os digo, que quien cree en Mí, ése hará también las obras que Yo hago, y las hará todavía mayores.”

“…El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; pero lo que hace Él, eso también lo hace igualmente el Hijo.”

“…Entonces conoceréis quién soy Yo, y que nada hago por Mí mismo, sino que hablo lo que mi Padre me ha enseñado. El que me envió está Conmigo, Él no me ha dejado solo, porque Yo hago  siempre  lo que le agrada a Él.”

Perfecta descripción de lo que es la verdadera oración, la fusión del hombre con Dios, para hacer que Dios sea todo en el hombre, y haga todo.  Debemos entender que cualquier acción realizada de esta manera, no sólo se vuelve oración perfecta, sino que es amor, adoración, alabanza, gloria, reconocimiento, agradecimiento, etc., perfectos, todo a la vez, sin necesidad de que la criatura ponga intención, pues es un acto divino, y como tal es un acto completo, donde se encierra todo, incluso al mismo Dios.

"...Hija mía, donde está mi Voluntad todo es santidad, todo es amor, todo es oración.  Así que estando en ti su fuente, tus pensamientos, tus miradas, tus palabras, tu latido y aun tus movimientos, todos son amor y oraciones.  No es la forma de las palabras lo que forma la oración, no, es mi Voluntad obrante, que dominando todo tu ser forma de tus pensamientos, palabras, miradas, latidos y movimientos, tantas fuentecitas que surgen de la Voluntad Suprema y elevándose hasta el Cielo, en su mudo lenguaje, quién reza, quién ama, quién adora, quién bendice, en suma, Ella le hace hacer lo que es santo, lo que pertenece al Ser Divino.

A lo anterior quiero agregar algunas palabras de Luisa Piccarreta, vertidas en sus cartas:

“...Hija mía, con hacer la Divina Voluntad nosotros nos volvemos los verdaderos hijos de la gran Señora, y nos cambiamos en tabernáculos donde Jesús forma su morada, y entonces todo lo que hacemos es sagrado, todo es oración, aun las cosas más indiferentes. Las mismas cosas naturales, necesarias de la vida, con el hacer la Divina Voluntad se transforman en oración, en adoración, en amor hacia nuestro dulce Jesús, porque con hacer su Voluntad todo lo que hacemos es santo, todo es amor, y tal se vuelve nuestro ser.”

“Yo no quiero, ni Jesús quiere, que pierdas la paz; busca en cada cosa la Voluntad Divina, y tu ser se volverá plegaria continua en cada cosa. No son las palabras que forman la oración, sino nuestra unión con la Divina Voluntad, y entonces todo es sagrado, santo, oración en nosotros, y además, la paz es el ojo de nuestros actos, por lo que os indicará cómo amar a Jesús y hacerlo amar.”

Todo lo anterior es en relación a los deberes del hombre hacia Dios, que según vimos se cumplen en la oración.  Ahora pasemos a la oración de petición:

La segunda parte de la oración, las gracias que debemos pedir, son todos los medios para conseguir el mantenimiento de nuestra vida, tanto material como espiritual, pues el hombre, después de la caída de nuestro padre Adán, perdió todos los derechos que Dios le había dado como don en su creación, lo había convertido en rey de todas las cosas creadas, pero por efecto de su desobediencia quedó como separado de todo lo hecho por Dios, y toda la creación no lo reconoce ya, negándole los dones que Dios le había dado en custodia para dárselos al hombre, a aquél por el cual todas habían sido creadas.  Esta oración es oración de «necesidad» y está inmersa en el hombre desde el pecado original, pero está sujeta al alejamiento que existe entre el hombre y Dios, mientras perdure esto, no podremos dejar esta oración.  Pero, cabría preguntarnos, ¿continuará esta necesidad cuando el Fiat Divino reine “PLENAMENTE” en el alma?  Jesús mismo nos responde:

“...Cuando el reino de la Divina Voluntad tenga su dominio sobre la tierra en medio de las criaturas, también en la tierra habrá orden perfecto y bello.”

“...Así que desterrada será la pobreza, la infelicidad, las necesidades, los males de los hijos de mi Voluntad.”

“...Si los hijos de mi Querer no abundaran de todo, se podría decir que mi Voluntad es pobre y no tiene Potencia de volver felices a los hijos de su reino, lo que no será jamás.”

“...Los hijos de mi reino serán felices y abundarán en todo, así que cada uno poseerá la plenitud de los bienes y plena felicidad en el puesto en el cual el Querer Supremo los haya colocado, cualquiera que sea la condición y el oficio que ocuparán, todos estarán felices de su suerte.”

“...El reino del Fiat Divino hará el gran milagro de desterrar todos los males, todas las miserias, todos los temores, porque él no hará el milagro a tiempo y a circunstancia, sino que se mantendrá sobre los hijos de su reino con un acto de milagro continuado, para preservarlos de cualquier mal y hacerlos distinguir como hijos de su reino, esto en el alma, pero también en el cuerpo habrá muchas modificaciones, porque es siempre la culpa el alimento de todos los males, y quitada la culpa faltará el alimento al mal, mucho más que mi Voluntad y pecado no pueden existir juntos, por lo tanto también la naturaleza humana tendrá sus benéficos efectos.”

Así que ya sabemos de dónde procede la “necesidad”, es debida a:  Primero, la carencia de la plenitud del Fiat Supremo.  Segundo, porque el hombre cambia las cosas naturales y pone en el lugar de Dios a la naturaleza, no ve en las cosas naturales al Supremo Querer, sino que codicioso se apega para formarse una gloria vana, una estima que lo ciega, un ídolo para el propio corazón, y siendo así, es necesario para poner a salvo su alma, que los medios le lleguen a faltar.  Pero para quien es hijo de la Divina Voluntad, todos estos peligros no existen, y por eso Dios quiere que abunden en todo y que nada les falte.

Así que la oración ha sido una estrategia de pedagogía divina, que nos lleva paso a paso hasta la plenitud de nuestra finalidad para la cual hemos sido creados, la unión indisoluble de nuestro ser con el Ser Divino, esta oración que era absolutamente necesaria en su forma antigua, para el camino de regreso al Padre, pues era el medio de comunicación con Él para hablarle, agradecerle y pedirle lo que necesitábamos, en el momento en que el alma viva PLENAMENTE en este reino, no tendrá más vigencia, solamente quedará la oración de Jesús, el dejar que el Padre sea y haga todo en mí, no importando qué acto haga, pequeño o grande, siempre y cuando sea realizado por su Voluntad en nosotros, y que sea continuo.

Se pondrá en duda lo anterior al cotejar lo dicho con la vida de Jesús y María, donde se notaba que lo único que había en abundancia era la pobreza, la necesidad, veamos qué nos dicen los escritos:

“...Después de esto pensaba entre mí:  Los verdaderos hijos del Fiat Supremo serán felices, abundarán de todo, no obstante mi Mamá Reina, Jesús mismo que era la misma Voluntad Divina fueron pobres en esta baja tierra, sufrieron las penas, las incomodidades de la pobreza."  Y mi dulce Jesús ha agregado:

"Hija mía, pobreza verdadera es cuando una criatura tiene necesidad, quiere tomar y no tiene qué tomar y está obligada a pedir a los demás un estrecho medio para vivir, esta pobreza es de necesidad y casi forzada; en cambio, tanto en Mí como en la Mamá Celestial que era toda la plenitud del Fiat Eterno, era no pobreza de necesidad, mucho menos forzada, sino pobreza voluntaria, pobreza espontánea, exprimida por la prensa del Amor Divino.  Todo era nuestro, a una señal nuestra se habrían edificado suntuosos palacios, servido mesas con alimentos jamás vistos y gustados, como en efecto cuando era necesario, a una pequeña señal nuestra los mismos pájaros nos servían, trayéndonos en sus picos frutos y peces y más, y hacían fiesta porque servían a su Creador y a su Reina; con sus trinos, cantos y gorjeos, nos hacían las músicas más bellas, tanto, que para no llamar la atención de las demás criaturas debíamos darles la orden de que se alejaran, siguiendo su vuelo bajo la bóveda del cielo donde nuestro Querer los esperaba, y ellos obedientes se retiraban.  Por eso nuestra pobreza fue de amor, pobreza de ejemplo para enseñar a las criaturas el desapego de las cosas bajas de la tierra, no fue pobreza de necesidad, ni podía serlo absolutamente, porque donde reina la plenitud, la Vida de mi Voluntad, todos los males terminan como de un solo golpe y pierden la vida."

Seguramente alguien dirá que fue el mismo Jesús quien nos enseñó a rezar con palabras en el Padre Nuestro, cuando sus discípulos le pidieron que los enseñara a orar, y nos dirán que Él oraba con esta oración; nos dirán que se pasaba horas enteras orando y en ocasiones toda la noche.  Aquí hay que analizar también dos situaciones:  La primera es la siguiente:

El Padre Nuestro no es una oración para recitarla verbalmente, sino que es un plan de vida, o sea, el Padre Nuestro debe vivirse, no recitarse.  Recitada no tiene eficacia, no se trata de una fórmula mágica, no, se trata de la manera perfecta de vivir a imitación de Jesús, quien toda su Vida se resume en dos actividades, a saber:  Restituir al Padre en amor, gloria, reconocimiento, etc., a nombre de todas las criaturas; y en segundo lugar redimir a la familia humana, restituyéndola al plan original que Dios tiene desde toda la eternidad para cada uno.

La segunda situación por analizar son las siguientes palabras de Jesús:

“...Ahora, cuando vine del Cielo y formé el reino de la Redención, antes de partir al Cielo hice otra promesa más solemne, la del reino de mi Voluntad, y ésta la hice en el Padre Nuestro, y para darle más valor y para obtenerlo más pronto, esta promesa formal la hice en la solemnidad de mi oración, pidiendo al Padre que hiciera venir su reino, que es la Voluntad Divina como en el Cielo así en la tierra, y me puse Yo a la cabeza de esta plegaria, conociendo que tal era su Voluntad y que rogado por Mí no me habría negado nada, mucho más que con su misma Voluntad Yo rogaba y pedía una cosa querida por mi mismo Padre, y después de haber formado esta plegaria ante mi Padre Celestial, seguro que me era concedido el reino de mi Voluntad Divina sobre la tierra, la enseñé a mi apóstoles a fin de que la enseñaran a todo el mundo, para que uno fuera el grito de todos:  'Hágase tu Voluntad como en el Cielo así en la tierra.'  Promesa más cierta y solemne no podía hacer; los siglos para Nosotros son como un punto solo y nuestras palabras son actos y hechos cumplidos.”

Así que fue una promesa lo que Él hace, y la pone en el contexto de toda su Vida, no en las veces que hubiera dicho tales palabras, sino que en todo lo que hace, desde el momento mismo de su encarnación hasta su muerte, es una petición y una promesa continua.  La deja a su Iglesia como oración, porque aún no daba a conocer la vida en su Voluntad, y se pone Él a la cabeza de nuestra oración para que tenga eficacia, usando sin embargo nuestros actos (palabras) para hacerlo.  Esta oración tiene cumplimiento en el momento en que esta Divina Voluntad toma posesión perenne en un alma, por lo que para ella la promesa ya no es válida, pues ahora es una realidad, al igual que ya no cantamos salmos anhelando al “futuro Redentor”.

Este es el gran peligro, peligro de rutinizar nuestras prácticas religiosas, y estar atados a un sinnúmero de actividades, lecturas, oraciones, meditaciones, etc., aunado a nuestras labores cotidianas.  Estas personas tienen necesidad de actividad continua por fuera, de sensaciones en la superficie para estimular sus sentidos, por eso se aficionan a las prácticas externas, artificiales, propias para conmover y estimular la sensibilidad, pero sin trabajo en lo profundo de su alma.  Un alma fiel en las prácticas externas no adelanta, porque no penetra en el interior, es un autómata cuyo movimiento es siempre el mismo..., esto es el materialismo en la piedad; en este punto, si hay infidelidades exteriores, éstas matan la piedad, pues ésta es toda exterior, y si el alma es fiel a sus pequeñas prácticas, entonces queda presa y encadenada en ellas.

Así que es una trampa sin salida, tanto si lo hacemos como si no lo hacemos, es muerte para la Vida Divina que Dios quiere repetir en nosotros.

Entonces, ¿qué debemos hacer?  ¿Orar o no?  ¿Pedir o no?  Lo único que debemos hacer es vivir plenamente, hasta donde podamos y entendamos, la Divina Voluntad, debemos estar atentos a unirnos continuamente a Jesús en sus acciones, para repetir sus mismas oraciones, actos, sufrimientos, amor, alabanza, etc., hacia su Padre, pues recordemos que solamente en Él Dios tiene sus complacencias, no en nosotros, no en nuestra oración, no en nuestro amor, no en nuestra alabanza, no en nuestra adoración, etc., por lo que debemos esforzarnos no en hacerlo por nosotros mismos, sino en Él.  Una de las acciones más bondadosas de Dios hacia su criatura, conociendo su debilidad, es el que una vez tenga el conocimiento de esto y queriendo vivirlo, Él suple nuevamente a sus carencias poniendo en acción el acto preventivo y el actual.

“...Estaba pensando entre mí:  Si es tan grande un acto hecho en su Querer, ¿cuántos, ay de mí, no dejo escapar?  Y mi dulce Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho:

"Hija mía, existe el acto preventivo y el acto ­actual.  El preventivo es cuando el alma, desde el primer surgir del día fija su voluntad en la mía, y se decide y se confirma de querer vivir y obrar sólo en mi Querer, previene todos sus actos y los hace correr todos en mi Querer.  Con la voluntad preventiva mi Sol surge, mi Vida queda duplicada en todos tus actos como dentro de un solo acto, y esto suple al acto actual.  Sin embargo el acto preventivo puede ser opacado, oscurecido por los modos humanos, por la voluntad propia, por la propia estima, por el descuido y otras cosas, que son como nubes delante al sol, que vuelven menos vívida su luz sobre la faz de la tierra.  En cambio el acto actual no está sujeto a nubes, sino que tiene virtud de despejar las nubes, si es que las hay, y hace surgir tantos otros soles en los cuales queda duplicada mi Vida, con tal intensidad de luz y calor, de formar otros tantos nuevos soles, el uno más bello que el otro.  Sin embargo los dos actos son necesarios, el preventivo da la mano, dispone y forma el plano al actual, y el actual conserva y ensancha el plano del preventivo."

¿Debemos orar?  Continuamente, nuestra vida debe ser oración, pero ese tipo de oración, fundirse en Dios, la oración vocal la podemos hacer como un acto más de nuestra vida, fundido también en la Divina Voluntad, para que se convierta en Vida Divina, pero no es necesario el recitar una oración, y otra, y otra más, como obligación para llegar a vivir en Ella, sino que conforme vayamos avanzando en nuestra vida con Dios, así nuestra atención será cada vez más, y podremos repetir con mucha mayor atención la Vida de Jesús con todos sus méritos y logros en CUALQUIER acción que hagamos.  La oración mental DEBE ser sustituida por el giro, éste es el acto más importante de nuestro día, de nuestra vida, por lo que debemos estar sumamente atentos, para que cada día sea lo más amplio y duradero que podamos:

"...Tienes que hacer la cosa más importante, tu último acto de fundirte en la Voluntad Divina."

Entonces me he puesto, según mi costumbre, a fundir todo mi pobre ser en la Voluntad Suprema, y mientras esto hacía me parecía que se abriesen los Cielos y yo iba al encuentro de toda la corte celeste y todo el Cielo venía a mi encuentro, y mi dulce Jesús me ha dicho:

"Hija mía, el fundirte en mi Voluntad es el acto más solemne, más grande, más importante de toda tu vida.  Fundirte en mi Voluntad es entrar en el ámbito de la eternidad, abrazarla, besarla y recibir el depósito de los bienes que contiene la Voluntad eterna; es más, en cuanto el alma se funde en el Supremo Querer, todos van a su encuentro para deponer en ella todo lo que tienen de bienes y de gloria; los ángeles, los santos, la misma Divinidad, todos deponen, sabiendo que deponen en aquella misma Voluntad en la cual todo está al seguro.  El alma con recibir estos bienes, con sus actos en la Voluntad Divina los multiplica y da a todo el Cielo doble gloria y honor, así que con el fundirte en mi Voluntad pones en movimiento Cielo y tierra, es una nueva fiesta para todo el empíreo.  Y como el fundirse en mi Voluntad es amar y dar por todos y por cada uno, sin excluir a ninguno, mi Bondad, para no dejarme vencer en amor por la criatura, pongo en ella los bienes de todos y todos los bienes posibles que en Mí contengo; no puede faltar el espacio donde poner todos los bienes, porque mi Voluntad es inmensa y se presta a recibir todo.  Si tú supieras qué haces y qué sucede con el fundirte en mi Voluntad, te derretirías por el deseo de fundirte continuamente."

Después estaba pensando si debía o no escribir lo que está escrito aquí arriba, yo no lo veía necesario ni una cosa importante, mucho más porque la obediencia no me había dado ninguna orden de hacerlo.  Entonces mi dulce Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho:

"Hija mía, ¿cómo que no es importante hacer conocer que el fundirse en mi Voluntad es vivir en Ella?  El alma recibe como en depósito todos mis bienes divinos y eternos; los mismos santos hacen competencia para deponer sus méritos en el alma fundida en mi Voluntad, porque sienten en ella la gloria, la Potencia de mi Voluntad y se sienten glorificados en modo divino por la pequeñez de la criatura.  Escucha hija mía, el vivir en mi Voluntad sobrepasa en mérito al mismo martirio; es más, el martirio mata al cuerpo, el vivir en mi Voluntad es hacer con una mano divina, que la propia voluntad quede muerta y le da la nobleza de un martirio divino.  Y cada vez que el alma se decide a vivir en mi Voluntad, mi Querer prepara el golpe para matar la voluntad humana y así forma el noble martirio del alma, porque voluntad humana y Voluntad Divina no hacen alianza juntas, una debe ceder el puesto a la otra y la voluntad humana debe contentarse con permanecer extinguida bajo la Potencia de la Voluntad Divina, así que cada vez que te dispones a vivir en mi Querer, te dispones a sufrir el martirio de tu voluntad.  Mira entonces qué significa vivir, fundirse en mi Voluntad:  'Ser el mártir continuado de mi Voluntad Suprema.'  ¿Y a ti te parece poco y cosa de nada?"

Amigos, cada uno de nosotros debe situarse en alguna de las etapas de oración y decidir cuál quiere hacer, la única advertencia, es que si optamos por cualquiera que sea, si no es esta última, no estaremos viviendo en la Divina Voluntad, y no estamos dando a Dios el fruto completo de todo su obrar.

Fiat

Salvador